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El escarabajo, acorralado
A la mañana siguiente, Harry encontró la respuesta a su pregunta. Cuando llegó El Profeta deHermione, ésta lo alisó, echó un vistazo a la primera plana y soltó un grito que hizo que todos los que
estaban cerca se quedaran mirándola.
—¿Qué pasa? —preguntaron Harry y Ron a la vez.
Por toda respuesta, Hermione colocó el periódico sobre la mesa, delante de sus dos amigos, y señaló
diez fotografías en blanco y negro que ocupaban la primera plana; eran las caras de nueve magos y una
bruja. Algunas de las personas fotografiadas se burlaban en silencio; otras tamborileaban con los dedos
en el borde inferior de la fotografía, con aire insolente. Cada fotografía llevaba un pie de foto con el
nombre de la persona y el delito por el que había sido enviada a Azkaban.
«Antonin Dolohov, condenado por el brutal asesinato de Gideon y Fabian Prewett», rezaba el pie de
foto de un mago con la cara larga, pálida y contrahecha, que miraba sonriendo burlonamente a Harry.
«Augustus Rookwood, condenado por filtrar secretos del Ministerio de Magia a Aquel-que-no-debeser-nombrado», rezaba el pie de foto de un individuo con la cara picada de viruela y el cabello
grasiento, que estaba apoyado en el borde de su fotografía con pinta de aburrido.
Pero la foto que más llamó la atención de Harry fue la de la bruja, cuya cara había destacado entre las
demás en cuanto él miró la página. Llevaba el cabello largo y era castaño, pero en la fotografía tenía
aspecto de desgreñado y sucio, aunque él lo había visto bien arreglado, denso y reluciente. La bruja
miraba a Harry fijamente con ojos de párpados caídos y una arrogante y desdeñosa sonrisa en los finos
labios. Como Sirius, conservaba vestigios de la antigua belleza que algo, quizá Azkaban, le había
robado.
«Bellatrix Lestrange, condenada por torturar a Frank y Alice Longbottom hasta causarles una
incapacidad permanente.»
Hermione le dio un codazo a Harry y señaló el titular que había encima de las fotografías, que Harry,
concentrado en la imagen de Bellatrix, todavía no había leído.
FUGA EN MASA DE AZKABAN
EL MINISTERIO TEME QUE BLACK SEA EL «PUNTO DE REUNIÓN» DE ANTIGUOSMORTÍFAGOS
—¿Black? —dijo Harry en voz alta—. ¿No se…?
—¡Chissst! —susurró Hermione, alarmada—. ¡No hables tan alto, léelo y calla!
El Ministerio de Magia anunció ayer entrada la noche que se había producido una fuga en masa de
Azkaban.
Cornelius Fudge, ministro de Magia, fue entrevistado en su despacho y confirmó que diez prisioneros
de la sección de alta seguridad escaparon a primera hora de la noche pasada, y que ya ha informado al
Primer Ministromuggledel carácter peligroso de esos individuos.
«Desgraciadamente, nos encontramos en la misma situación en que estábamos hace dos años y medio,
cuando huyó el asesino Sirius Black —declaró Fudge ayer por la noche—. Y creemos que las dos fugas
están relacionadas. Una huida de esta magnitud sugiere que los fugitivos contaron con ayuda del
exterior, y hemos de recordar que Black, el primer preso que logró huir de Azkaban, sería la persona
idónea para ayudar a otros a seguir sus pasos. Creemos también que esos individuos, entre los que se
encuentra la prima de Black, Bellatrix Lestrange, han acudido a ofrecer apoyo a Black, al que han
erigido líder. Sin embargo, estamos haciendo todo lo posible para capturar a los delincuentes, y
pedimos a la comunidad mágica que permanezca alerta y actúe con prudencia. No hay que abordar a
ninguno de estos individuos bajo ningún concepto.»
—Ya está, Harry —dijo Ron, atemorizado—. Por eso estaba tan contento anoche.
—No puedo creerlo —gruñó Harry—. ¡Fudge culpa de la fuga a Sirius!
—¿Qué otras posibilidades tiene? —comentó Hermione con amargura—. No puede decir: «Lo siento
mucho, Dumbledore ya me advirtió que esto podía pasar, los vigilantes de Azkaban se han unido a lord
Voldemort…» ¡Deja de gimotear, Ron! «… y ahora los peores partidarios de Voldemort se han
fugado.» Hay que tener en cuenta que Fudge lleva seis meses diciendo a todo el mundo que
Dumbledore y tú sois unos mentirosos.
Hermione abrió el periódico y empezó a leer la crónica interior mientras Harry recorría el Gran
Comedor con la mirada. No entendía por qué sus compañeros no parecían asustados ni comentaban por
lo menos la espantosa noticia de la primera plana, aunque lo cierto era que muy pocos recibían el
periódico todos los días, como Hermione. Allí estaban, hablando de los deberes, dequidditchy de los
últimos cotilleos, a pesar de que fuera de aquellos muros otros diez mortífagos habían pasado a
engrosar las filas de Voldemort.
Miró hacia la mesa de los profesores. Allí todo era diferente: Dumbledore y la profesora McGonagall
estaban en plena conversación, y ambos parecían sumamente serios. La profesora Sprout tenía El
Profetaapoyado en una botella de ketchup y leía la primera plana con tanta concentración que no se
había dado cuenta de que de la cuchara que tenía en suspenso delante de la boca caía un hilillo de yema
de huevo que iba a parar a su regazo. Entre tanto, al final de la mesa, la profesora Umbridge atacaba un
cuenco de gachas de avena. Por primera vez los saltones ojos de sapo de Dolores Umbridge no
recorrían el Gran Comedor, tratando de descubrir a algún estudiante que no se estuviera portando bien.
Tenía el entrecejo fruncido mientras engullía la comida, y de vez en cuando lanzaba una mirada
maliciosa hacia el centro de la mesa, donde conversaban Dumbledore y la profesora McGonagall.
—¡Oh, no…! —exclamó Hermione, sorprendida, sin apartar los ojos del periódico.
—¿Y ahora qué? —preguntó rápidamente Harry; estaba muy nervioso.
—Es… horrible —dijo la chica, conmocionada. Dobló el periódico por la página diez y se lo pasó a sus
amigos.
TRÁGICO FALLECIMIENTO DE UN FUNCIONARIO DEL MINISTERIO DE LA MAGIA
Anoche el Hospital San Mungo prometió llevar a cabo una investigación en toda regla, tras ser
descubierto muerto en su cama el funcionario del Ministerio de Magia Broderick Bode, de 49 años,
estrangulado por una planta. Los sanadores que acudieron en su ayuda no lograron reanimar al señor
Bode, que unas semanas antes de su muerte había sufrido un accidente laboral.
La sanadora Miriam Strout, que estaba a cargo de la sala del señor Bode en el momento del incidente,
ha sido suspendida de empleo aunque no de sueldo, pero ayer no quiso hacer declaraciones; no
obstante, un mago portavoz del hospital declaró lo siguiente:
«San Mungo lamenta profundamente la muerte del señor Bode, cuya salud estaba mejorando
notablemente antes de este trágico accidente.
»Existen estrictas directrices sobre los objetos decorativos permitidos en nuestras salas, pero al parecer
la sanadora Strout, ocupada con las celebraciones navideñas, no reparó en el peligro que suponía la
planta de la mesilla de noche del señor Bode. A medida que el paciente recuperaba el habla y la
movilidad, la sanadora Strout lo animó a cuidar él mismo de la planta, sin saber que no era una
inocente flor voladora, sino un esqueje de lazo del diablo que estranguló al señor Bode en cuanto éste,
convaleciente, se acercó y lo tocó.
»Hasta el momento, San Mungo no ha podido explicar la presencia de la planta en la sala y ruega a
cualquier mago o bruja que tenga alguna información que se ponga en contacto con el hospital.»
—Bode… —dijo Ron—. Bode. Me suena de algo…
—Lo vimos —comentó Hermione en voz baja—. En San Mungo, ¿no te acuerdas? Estaba en la cama
de enfrente de Lockhart, tumbado, contemplando el techo. Y vimos cómo le llevaban el lazo del diablo.
La sanadora dijo que era un regalo de Navidad.
Harry volvió a leer la crónica. El horror subía por su garganta como la bilis.
—¿Cómo puede ser que no reconociéramos el lazo del diablo? Hemos visto esa planta otras veces…
Pudimos impedir que sucediera.
—¿Quién se imagina que van a meter un lazo del diablo en un hospital disfrazado de inocente planta de
interior? —replicó Ron—. ¡Nosotros no tenemos la culpa; el responsable es el que la envió! Menudos
imbéciles, ¿por qué no miraban lo que estaban comprando?
—¡Ron, por favor! —dijo Hermione con voz temblorosa—. No creo que nadie sea capaz de poner un
lazo del diablo en un tiesto sin darse cuenta de que esa planta intenta matar a quien la toque. Esto…,
esto ha sido un asesinato, y un asesinato muy inteligente… Si enviaron la planta de forma anónima,
¿cómo van a averiguar quién lo hizo?
Pero Harry no pensaba en el lazo del diablo. Estaba recordando que el día de la vista había bajado en
ascensor a la novena planta del Ministerio y que un hombre de rostro cetrino se había subido en la
planta del Atrio.
—Yo conocí a Bode —dijo despacio—. Lo vi en el Ministerio cuando fui allí con tu padre.
Ron se quedó con la boca abierta.
—¡Yo también he oído a papá hablar de él en casa! ¡Era uninefable! ¡Trabajaba en el Departamento de
Misterios!
Se miraron un momento; entonces Hermione recuperó el periódico, lo cerró, observó con repugnancia
la portada con las fotografías de los diezmortífagosfugados, y se puso en pie.
—¿Adónde vas? —le preguntó Ron, sorprendido.
—A enviar una carta —contestó Hermione, y se colgó la mochila del hombro— Bueno, no sé si… Pero
vale la pena intentarlo… Y soy la única que puede hacerlo.
—No soporto que se comporte así —refunfuñó Ron mientras él y Harry se levantaban también de la
mesa y salían más despacio del Gran Comedor—. ¿Qué le costaría, por una vez, explicarnos lo que se
propone? Sólo tardaría unos diez segundos más… ¡Eh, Hagrid!
Hagrid estaba de pie junto a las puertas por las que se accedía al vestíbulo, esperando a que pasara un
grupo de alumnos de Ravenclaw. Todavía estaba muy magullado, como el día en que había regresado
de su misión con los gigantes, y tenía un nuevo corte en el caballete de la nariz.
—¿Todo bien, chicos? —les preguntó intentando sonreír, aunque sólo consiguió una especie de
dolorosa mueca.
—¿Y tú, Hagrid? ¿Estás bien? —inquirió Harry, y lo siguió cuando el guardabosques echó a andar
pesadamente tras los alumnos de Ravenclaw.
—Sí, sí —contestó Hagrid con falsa ligereza; luego agitó una mano y estuvo a punto de dar un porrazo
a la asustada profesora Vector, que pasaba en aquel momento junto a él—. Un poco liado, ya sabéis, lo
de siempre: tengo que preparar las clases, hay un par de salamandras a las que se les están pudriendo
las escamas… y estoy en periodo de prueba —murmuró.
—¿Que estás en periodo de prueba? —dijo Ron en voz alta, y unos cuantos estudiantes que pasaban
por allí giraron la cabeza con curiosidad—. Lo siento… ¿Estás en periodo de prueba? —repitió en un
susurro.
—Sí. Pero la verdad es que ya me lo imaginaba. No sé si os fijasteis, pero la supervisión no dio muy
buen resultado, ¿sabéis? En fin… —Soltó un hondo suspiro—. Será mejor que vaya a ponerles un poco
más de chile en polvo a esas salamandras o dentro de poco se les van a caer las colas. Hasta luego,
chicos…
Se alejó caminando con dificultad, salió por la puerta del castillo y bajó la escalera de piedra que
conducía al húmedo jardín. Harry lo vio marchar y se preguntó cuántas malas noticias más sería capaz
de soportar.
En los días posteriores, la noticia de que Hagrid estaba en periodo de prueba se extendió por el colegio,
pero para indignación de Harry, casi nadie se mostró muy disgustado. De hecho, algunos estudiantes,
entre los que destacaba Draco Malfoy, parecían contentísimos. Por otra parte, Harry, Ron y Hermione
eran, por lo visto, los únicos que conocían o los únicos a los que les importaba la extraña muerte de un
anónimo empleado del Departamento de Misterios, sucedida en el Hospital San Mungo. En esos días,
en los pasillos sólo se hablaba de una cosa: de los diez mortífagos fugados, cuya historia se había
propagado por Hogwarts filtrada por los pocos alumnos que leían los periódicos. Corrían rumores de
que habían visto a algunos de los fugitivos en Hogsmeade, de que estaban escondidos en la Casa de los
Gritos y de que iban a entrar en Hogwarts, como había hecho Sirius en una ocasión.
Los que procedían de familias de magos habían crecido oyendo pronunciar los nombres de aquellos
mortífagoscasi con el mismo temor que el de Voldemort; los crímenes que habían cometido en tiempos
del reinado de terror de Voldemort eran legendarios. Entre los estudiantes de Hogwarts había familiares
de sus víctimas, y en esos días se habían convertido sin pretenderlo en objeto de una horripilante fama
indirecta: Susan Bones, cuyos tío, tía y primos habían muerto a manos de uno de los diez mortífagos,
comentó muy triste, durante una clase de Herbología, que ya entendía perfectamente lo que debía de
sentir Harry.
—Y no sé cómo lo aguantas, es espantoso —dijo sin rodeos mientras tiraba más estiércol de dragón de
la cuenta en su bandeja de brotes de chasquichirridos, haciendo que éstos se retorcieran y chillaran,
incómodos.
Era verdad que últimamente los estudiantes volvían a murmurar y a señalar a Harry cuando se cruzaban
con él por los pasillos, aunque le pareció detectar un ligero cambio en el tono de voz de los que
cuchicheaban. Éste ya no era de hostilidad, sino de curiosidad, y en un par de ocasiones alcanzó a oír
fragmentos de conversaciones que indicaban que sus compañeros no estaban conformes con la versión
que dabaEl Profetasobre cómo y por qué diezmortífagoshabían conseguido fugarse de la fortaleza de
Azkaban. Confundidos y temerosos, parecía que esos escépticos recurrían a la única explicación
alternativa que tenían: la que Harry y Dumbledore habían estado exponiendo desde el año anterior.
Y no era sólo el estado de ánimo de los alumnos lo que había cambiado; también era habitual
encontrarse a dos o tres profesores hablando en susurros por los pasillos e interrumpiendo sus
conversaciones en cuanto veían que se acercaba algún alumno.
—Es evidente que si la profesora Umbridge está en la sala de profesores, ya no pueden hablar con
libertad allí —comentó Hermione en voz baja cuando un día ella, Harry y Ron se cruzaron con la
profesora McGonagall, el profesor Flitwick y la profesora Sprout, que estaban apiñados frente al aula
de Encantamientos.
—¿Crees que ellos saben algo más? —le preguntó Ron girando la cabeza para mirar a los tres
profesores.
—Si saben algo, no nos lo van a contar, ¿verdad? —terció Harry, enfadado—. Con el decreto… ¿Por
qué número vamos ya?
Y es que en los tablones de anuncios de las cuatro casas habían aparecido nuevos letreros a la mañana
siguiente de que saltara la noticia de la fuga de Azkaban:
POR ORDEN DE LA SUMA INQUISIDORA DE HOGWARTS
Se prohíbe a los profesores proporcionar a los alumnos cualquier información que no esté
estrictamente relacionada con las asignaturas que cobran por impartir.
Esta orden se ajusta al Decreto de Enseñanza n.°26.
Firmado:
Dolores Jane Umbridge
Suma Inquisidora
Este último decreto había sido objeto de gran número de bromas entre los estudiantes. Lee Jordan le
comentó a la profesora Umbridge que, según la nueva norma, ella no estaba autorizada a regañar ni a
Fred ni a George por jugar a los naipes explosivos en el fondo de la clase.
—¡Los naipes explosivos no tienen nada que ver con la Defensa Contra las Artes Oscuras, profesora!
¡Esa información no está relacionada con su asignatura!
Cuando Harry volvió a ver a Lee, reparó en que tenía una herida sangrante en el dorso de la mano, y le
recomendó solución demurtlap.
Harry creyó que la fuga de Azkaban le daría una lección de humildad a la profesora Umbridge, o que
tal vez se avergonzaría de la catástrofe que se había producido en las mismísimas narices de su querido
Fudge. Sin embargo, parecía que sólo había intensificado su furioso deseo de tomar bajo su control
todos los aspectos de la vida en Hogwarts. Se mostraba decidida, como mínimo, a conseguir un despido
lo más pronto posible, y la única duda era quién iba a caer primero: la profesora Trelawney o Hagrid.
A partir de entonces, todas las clases de Adivinación y de Cuidado de Criaturas Mágicas se impartían
en presencia de la profesora Umbridge y de sus hojas de pergamino, cogidas con el sujetapapeles.
Acechaba junto al fuego en la perfumada sala de la torre, interrumpía los discursos de la profesora
Trelawney, cada vez más histéricos, con difíciles preguntas sobre ornitomancia y heptomología, insistía
en que predijera las respuestas de los alumnos antes de que ellos las dieran, y exigía que demostrara sus
habilidades con la bola de cristal, las hojas de té y las runas. A Harry le parecía que, en cualquier
momento, la profesora Trelawney se vendría abajo ante tanta presión. En varias ocasiones se la cruzó
por los pasillos (un hecho muy inusual, pues ella solía quedarse en su habitación de la torre), y siempre
iba murmurando por lo bajo, furiosa, se retorcía las manos, lanzaba aterradas miradas por encima del
hombro y despedía un intenso olor a jerez para cocinar. De no haber estado tan preocupado por Hagrid,
Harry habría sentido lástima por ella; pero, si tenían que destituir a alguno de los dos, Harry tenía
clarísimo quién quería que se quedara.
Desgraciadamente, éste no veía que Hagrid lo estuviera haciendo mejor que la profesora Trelawney.
Desde antes de Navidad, él también parecía haber perdido los nervios, pese a que por lo visto seguía los
consejos de Hermione y no les había enseñado nada más peligroso que un crup (una criatura
indistinguible de un Jack Russell terrier, salvo por la cola bífida). Durante las clases, Hagrid parecía
enajenado y nervioso, perdía continuamente el hilo de lo que estaba diciendo, se equivocaba al
formular las preguntas y no paraba de mirar, angustiado, a la profesora Umbridge. Además, se mostraba
más distante que nunca con Harry, Ron y Hermione, y les había prohibido explícitamente que fueran a
visitarlo después del anochecer.
—Si os pilla, nos colgarán a todos —les advirtió de forma terminante, y como no querían hacer nada
que pudiera poner en peligro su empleo, ellos se abstuvieron de bajar a la cabaña por la noche.
Harry tenía la impresión de que la profesora Umbridge lo estaba privando metódicamente de todo lo
que hacía que su vida en Hogwarts resultara agradable: las visitas a la cabaña de Hagrid, las cartas de
Sirius, su Saeta de Fuego y elquidditch. Y él se vengaba de la única forma en que podía: redoblando
sus esfuerzos con elED.
A Harry le alegró comprobar que la noticia de que otros diez mortífagos andaban sueltos había
estimulado a los que participaban en las reuniones, incluso a Zacharias Smith, a esforzarse más que
nunca, pero en quien más se notaba esa mejora era en Neville. La noticia de la fuga de la agresora de
sus padres había operado en él un cambio extraño y hasta un poco alarmante. No había mencionado ni
una sola vez su encuentro con Harry, Ron y Hermione en la sala reservada de San Mungo, y ellos,
siguiendo su ejemplo, tampoco habían hecho ningún comentario al respecto. Tampoco había dicho nada
sobre la fuga de Bellatrix y los otros mortífagos. De hecho, Neville casi nunca hablaba durante las
reuniones del ED, pero trabajaba sin tregua en cada nuevo embrujo y contramaldición que Harry les
enseñaba; arrugaba la regordeta cara en una mueca de concentración, en apariencia indiferente a las
heridas o a los accidentes, y trabajaba más duro que ningún otro compañero. Mejoraba tan deprisa que
resultaba desconcertante, y cuando Harry les enseñó el encantamiento escudo (un método para desviar
pequeños embrujos y que rebotaran sobre el agresor), sólo Hermione consiguió ejecutarlo más deprisa
que Neville.
A Harry le habría gustado progresar en Oclumancia tanto como Neville en las reuniones del ED. Las
clases particulares de Harry con Snape, que habían empezado con mal pie, no habían mejorado nada.
Más bien al contrario: Harry creía que cada vez lo hacía peor.
Antes de empezar a estudiar Oclumancia, la cicatriz le dolía ocasionalmente, la mayoría de las veces
por la noche, o después de una de aquellas extrañas percepciones de los pensamientos o del estado
anímico de Voldemort que experimentaba de cuando en cuando. Ahora, en cambio, la cicatriz le dolía
casi constantemente, y muy a menudo sentía arrebatos de fastidio o de alegría que no estaban
relacionados con lo que le estaba ocurriendo en ese momento, y siempre iban acompañados de una
punzada especialmente dolorosa en la frente. Tenía la horrible sensación de que poco a poco se estaba
convirtiendo en una especie de antena sintonizada para detectar las más leves fluctuaciones del humor
de Voldemort, y estaba seguro de que podía determinar, sin equivocarse, que aquel aumento de su
sensibilidad se había iniciado en la primera clase de Oclumancia con Snape. Es más, ahora, casi todas
las noches soñaba que iba por el pasillo hacia la entrada del Departamento de Misterios, y en el sueño
siempre acababa de pie, ansioso, ante la sencilla puerta negra.
—A lo mejor es como una enfermedad —sugirió Hermione, un tanto preocupada, cuando Harry se
sinceró con ella y con Ron—. Un virus o algo así. Tiene que empeorar antes de empezar a mejorar.
—Las clases con Snape lo están agravando —aseguró Harry con rotundidad—. Estoy harto de que me
duela la cicatriz y de recorrer ese pasillo todas las noches. —Se frotó la frente con fastidio—. ¡Ojalá se
abriera esa puerta porque estoy hasta la coronilla de quedarme allí plantado mirándola!
—No tiene ninguna gracia —opinó Hermione con aspereza—. Dumbledore no quiere que sueñes con
ese pasillo; si no, no le habría pedido a Snape que te enseñara Oclumancia. Lo que tienes que hacer es
esforzarte un poco más en las clases.
—¡Ya me esfuerzo! —protestó Harry, molesto—. Pruébalo un día y verás. A ver si a ti te gusta que
Snape se meta dentro de tu cabeza… ¡Te aseguro que no es nada divertido!
—A lo mejor… —intervino Ron.
—A lo mejor ¿qué? —dijo Hermione con brusquedad.
—A lo mejor Harry no tiene la culpa de no poder cerrar su mente —repuso Ron, misterioso.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó la chica.
—Pues que… quizá Snape en realidad no intente ayudar a Harry… —Éste y Hermione lo miraron con
fijeza. Ron, por su parte, miraba elocuentemente a sus amigos—. Tal vez —prosiguió bajando un poco
la voz— lo que intenta es abrir un poco más la mente de Harry… Ponérselo más fácil a Quienvosotros-sabéis…
—Cállate, Ron —le espetó Hermione—. ¿Cuántas veces has sospechado de Snape y cuándo has tenido
razón? Dumbledore confía en él, trabaja para la Orden, con eso tendría que bastarte.
—Era unmortífago—afirmó Ron con testarudez—. Y no tenemos pruebas de que verdaderamente se
cambiara de bando.
—Dumbledore confía en él —repitió Hermione—. Y si nosotros no confiamos en Dumbledore, no
podemos confiar en nadie.
Había tantas cosas por las que preocuparse y tanto que hacer (una cantidad asombrosa de deberes que
muchas veces tenía a los estudiantes de quinto curso trabajando hasta pasada la medianoche, las
sesiones secretas delEDy las clases particulares con Snape) que el mes de enero estaba pasando a una
velocidad alarmante. Antes de que Harry se diera cuenta, había llegado febrero, con un tiempo más
húmedo pero menos frío, y la perspectiva de la segunda excursión del año a Hogsmeade. Harry había
tenido muy poco tiempo para conversar con Cho desde que acordaron ir juntos al pueblo, y de pronto
se enfrentaba a la idea de pasar todo el día de San Valentín con ella.
La mañana del día 14 se vistió con especial esmero. Ron y él entraron a desayunar en el mismo
momento en que llegaban las lechuzas con el correo. Hedwig no estaba allí (aunque Harry no la
esperaba), pero Hermione estaba cogiendo una carta del pico de una desconocida lechuza marrón
cuando ellos se sentaron.
—¡Ya era hora! Si no hubiera llegado hoy… —comentó; a continuación, abrió con ansiedad el sobre y
extrajo un pequeño trozo de pergamino. Leyó el mensaje a toda velocidad, y una expresión de triste
placer apareció en su cara—. Oye, Harry —dijo, levantando la cabeza—, esto es muy importante.
¿Crees que podrías reunirte conmigo en Las Tres Escobas hacia mediodía?
—Pues… no lo sé —contestó Harry, vacilante—. A lo mejor Cho espera que pase todo el día con ella.
Nunca hemos hablado de lo que íbamos a hacer.
—Bueno, si es necesario ven con ella —concedió Hermione con gravedad—. Pero ¿irás?
—Sí, pero ¿por qué?
—Ahora no tengo tiempo para contártelo. Tengo que contestar cuanto antes esta carta.
Y sin dar más explicaciones, salió a toda prisa del Gran Comedor, con la carta en una mano y una
tostada en la otra.
—¿Vienes? —le preguntó Harry a Ron, pero éste movió negativamente la cabeza con gesto tristón.
—No puedo ir a Hogsmeade; Angelina quiere entrenar todo el día. Como si fuera a servir para algo;
somos el peor equipo que he visto en mi vida. Tendrías que ver a Sloper y a Kirke; son patéticos,
incluso peores que yo. —Exhaló un hondo suspiro y agregó—: No sé por qué Angelina no me deja
renunciar.
—Porque cuando estás en forma eres bueno —repuso Harry con irritación.
Le resultaba muy difícil mostrarse comprensivo con Ron, porque él habría dado cualquier cosa por
jugar el siguiente partido contra Hufflepuff. Ron debió de intuirlo por el tono de voz de Harry, porque
no volvió a mencionar el quidditch durante el desayuno, y cuando poco después se despidieron, lo
hicieron con cierta frialdad. Ron se marchó al campo dequidditch, y Harry, tras intentar aplastarse el
pelo mirándose en la parte de atrás de una cucharilla, salió al vestíbulo para reunirse con Cho, lleno de
aprensión, y se preguntó de qué demonios iban a hablar.
Cho lo esperaba cerca de las puertas de roble del castillo. Estaba muy guapa, con el cabello recogido en
una larga cola de caballo. Cuando caminaba hacia ella, Harry tuvo la impresión de que sus pies eran
enormes comparados con el resto de su cuerpo, y de pronto no supo qué hacer con los brazos, que
oscilaban estúpidamente a sus costados.
—¡Hola! —lo saludó Cho entrecortadamente.
—¡Hola! —repuso Harry. Se miraron un momento, y entonces él dijo—: Bueno…, pues…, ¿vamos?
—Sí, sí…
Se pusieron en la fila de estudiantes que esperaban la autorización de Filch para salir del castillo,
mirándose de vez en cuando y sonriendo furtivamente, pero sin decirse nada. Harry notó un gran alivio
cuando salieron al exterior; se sentía mucho más cómodo andando en silencio que allí plantado sin
saber qué cara poner. Hacía un día fresco y ventoso, y al pasar junto al estadio de quidditch, Harry vio a
Ron y a Ginny, que volaban casi rozando las tribunas, y le dio una rabia tremenda no estar allí arriba
con ellos.
—Lo echas mucho de menos, ¿verdad? —comentó Cho.
Harry giró la cabeza y vio que ella lo observaba.
—Sí —contestó Harry con un suspiro.
—¿Recuerdas la primera vez que nos enfrentamos, en tercero? —le preguntó Cho.
—Sí —respondió Harry sonriendo—. Me bloqueabas el paso continuamente.
—Y Wood te dijo que no fueras tan caballeroso y me derribaras de la escoba si era necesario —añadió
Cho con una sonrisa en los labios—. Me han dicho que lo ha fichado el Pride of Portree, ¿es cierto?
—No, lo ha fichado el Puddlemere United; lo vi el año pasado en la Copa del Mundo.
—Ah, yo también te vi allí, ¿te acuerdas? Estábamos en el mismo campamento. Fue genial, ¿verdad?
Siguieron hablando de la Copa del Mundo dequidditchpor el camino y después de cruzar las verjas.
Harry no podía creer lo fácil que estaba resultando hablar con Cho (de hecho, no le costaba más que
hablar con Ron o con Hermione), y cuando empezaba a sentirse alegre y seguro de sí mismo, un
nutrido grupo de chicas de Slytherin, entre las que iba Pansy Parkinson, pasaron por su lado.
—¡Potter y Chang! —gritó Pansy entre un coro de risitas maliciosas—. Qué mal gusto tienes, Chang.
¡Al menos Diggory era guapo!
Las chicas aceleraron el paso, chillando y hablando en tono mordaz al mismo tiempo que dirigían
exageradas miradas a Harry y a Cho, y dejaron un rastro de incómodo silencio. A Harry no se le ocurría
nada más que decir sobrequidditch, y Cho, que se había ruborizado, se miraba los pies.
—¿Y… adónde quieres ir? —preguntó él cuando llegaron a Hogsmeade.
La calle principal estaba llena de estudiantes que paseaban tranquilamente por las aceras y
contemplaban los escaparates de las tiendas.
—Ah, me da igual —dijo Cho encogiéndose de hombros—. Humm… ¿Y si echamos un vistazo por las
tiendas o algo así?
Se encaminaron hacia Dervish y Banges. Habían colgado un gran letrero en el escaparate, y unos
cuantos vecinos de Hogsmeade lo estaban leyendo. Se apartaron cuando se acercaron Harry y Cho, y él
volvió a encontrarse ante las fotografías de los diezmortífagosfugados. «Por orden del Ministerio de
Magia», según rezaba el cartel, se ofrecía una recompensa de mil galeones a cualquier mago o bruja
que pudiera aportar alguna información que sirviera para capturar a alguno de los reclusos
fotografiados.
—Qué raro —dijo Cho en voz baja mientras observaba las fotografías de los mortífagos—. ¿Te
acuerdas de cuando se fugó Sirius Black? Habíadementoresbuscándolo por todo Hogsmeade. Y ahora
que se han escapado diezmortífagos, no haydementorespor ninguna parte…
—Sí —contestó Harry, y apartó la vista de la cara de Bellatrix Lestrange para echar una ojeada a ambos
lados de la calle principal—. Sí, es muy raro.
No lamentaba que no hubiera dementores por allí cerca, pero, pensándolo bien, su ausencia era
francamente significativa. No sólo habían dejado que se fugaran los mortífagos, sino que no se estaban
tomando la molestia de buscarlos… Todo parecía indicar que era cierto que estaban fuera del control
del Ministerio.
Las fotografías de los diezmortífagosfugados estaban colgadas en todos los escaparates por los que
pasaron Harry y Cho. Cuando llegaron a La Casa de las Plumas, empezó a llover; unas frías y gruesas
gotas de lluvia golpeaban a Harry en la cara y en la nuca.
—Humm…, ¿te apetece tomar un café? —propuso Cho con vacilación cuando la lluvia empezó a
intensificarse.
—Sí —respondió Harry, y miró alrededor—. ¿Adónde vamos?
—Cerca de aquí hay un sitio muy agradable. ¿Nunca has oído hablar del salón de té de Madame
Pudipié? —dijo con tono jovial, guiando a Harry por una calle lateral hasta llegar a un local que él no
había visto hasta entonces.
Era un sitio pequeño y caluroso, donde todo parecía estar decorado con flecos y lazos. Harry se acordó
del despacho de la profesora Umbridge y sintió un escalofrío.
—¿Verdad que es mono? —comentó Cho muy contenta.
—Humm…, sí… —mintió Harry.
—¡Mira, lo ha adornado con motivo del día de San Valentín! —observó Cho, y señaló unos querubines
dorados, suspendidos sobre cada una de las mesitas redondas, que de vez en cuando lanzaban confeti de
color rosa sobre sus ocupantes.
—¡Ah!
Se sentaron a la única mesa libre que quedaba, junto a la empañada ventana. Roger Davies, el capitán
del equipo dequidditchde Ravenclaw, estaba sentado al lado de ellos con una chica rubia muy guapa.
Estaban cogidos de la mano. Aquella imagen hizo que Harry se sintiera incómodo, sobre todo cuando,
al echar un vistazo al salón de té, reparó en que estaba lleno de parejas, y todas se cogían de la mano. A
lo mejor Cho esperaba que él hiciera lo mismo.
—¿Qué os traigo, queridos? —preguntó Madame Pudipié, una mujer muy robusta, peinada con un
negro y reluciente moño, al pasar con dificultad entre su mesa y la de Roger Davies.
—Dos cafés, por favor —pidió Cho.
En el rato que siguió hasta que les sirvieron los cafés, Roger Davies y su novia habían empezado a
besarse por encima del azucarero. Harry habría preferido que no lo hicieran porque tenía la impresión
de que Davies estaba sentando un precedente con el que quizá Cho esperaba que Harry compitiera.
Notaba un intenso calor en las mejillas e intentó mirar por la ventana, pero estaba demasiado empañada
y no veía el exterior. Para retrasar el momento en que tendría que mirar a Cho, contempló el techo,
fingiendo examinar la pintura, y entonces recibió en la cara un puñado de confeti que le había lanzado
el querubín suspendido sobre su mesa.
Tras unos tensos minutos más, Cho mencionó a la profesora Umbridge. Harry se agarró al cable con
alivio, y pasaron un rato agradable insultando a la profesora, pero aquel tema ya lo habían explotado
tanto en las reuniones del ED que no duró mucho. Volvieron a quedarse callados. Harry oía los
sorbetones procedentes de la mesa de al lado como si estuvieran amplificados, y, desesperado, buscó
algo más que decir.
—Oye…, esto…, ¿quieres ir conmigo a Las Tres Escobas a la hora de comer? He quedado allí con
Hermione Granger.
Cho arqueó las cejas.
—¿Has quedado con Hermione Granger? ¿Hoy?
—Sí. Bueno, me ha pedido que me reúna con ella allí y le he dicho que iría. ¿Quieres ir conmigo?
Hermione ha dicho que no le importaba.
—Ah, bueno… Muy amable por su parte.
Pero no parecía que Cho encontrara el gesto amable. Al contrario: su tono de voz era frío, y de pronto
adoptó una expresión muy adusta.
Pasaron unos minutos más en silencio absoluto. Harry se estaba bebiendo el café tan deprisa que pronto
necesitaría otra taza. A su lado, Roger Davies y su novia parecían pegados por los labios.
Cho tenía una mano posada sobre la mesa, junto a su taza de café, y Harry sentía una urgencia cada vez
mayor por cogérsela. «Hazlo —se dijo, y notó una oleada de pánico y emoción mezclados en su pecho
—; estira el brazo y cógele la mano.» Era asombroso que le costara mucho más estirar el brazo treinta
centímetros y tocarle la mano a Cho que agarrar al vuelo unasnitchque iba a toda pastilla…
Pero justo cuando movió la mano hacia delante, Cho retiró la suya de la mesa. En ese momento, ella
miraba con expresión de ligero interés cómo Roger Davies besaba a su novia.
—¿Sabes qué? —dijo en voz baja—. Me pidió salir. Hace un par de semanas. Sí, Roger. Pero le dije
que no.
Harry, que había agarrado el azucarero para justificar el repentino movimiento de su mano sobre la
mesa, no entendía por qué Cho se lo estaba contando. Si le hubiera gustado estar sentada en la mesa de
al lado y que Roger Davies la besara apasionadamente, ¿por qué había accedido a ir con él a
Hogsmeade?
Harry no dijo nada. El querubín les lanzó otro puñado de confeti, y unos cuantos copos fueron a parar
en los restos de café frío que Harry se disponía a beber.
—El año pasado vine aquí con Cedric —comentó Cho.
Harry tardó un segundo en asimilar lo que ella acababa de decir, y eso mismo fue lo que tardó en
helársele la sangre. No podía creer que Cho quisiera hablar de Cedric entonces, rodeados como estaban
de parejas que se besaban y con un querubín flotando sobre sus cabezas.
Cuando volvió a hablar, Cho lo hizo en voz mucho más alta.
—Hace siglos que quería preguntártelo… ¿Me…, me mencionó Cedric antes de morir?
—Pues… no —contestó Harry con voz queda—. No tuvo… tiempo para decir nada. Esto…, ¿ves
muchoquidditchdurante las vacaciones? Eres seguidora de los Tornados, ¿verdad?
Harry habló con una voz falsamente jovial y a continuación comprobó, horrorizado, que Cho volvía a
tener los ojos bañados en lágrimas, igual que después de la última reunión del ED antes de las
Navidades.
—Mira —dijo, desesperado, acercando la cabeza a la de ella para que nadie más pudiera oírlo—, no
hablemos de Cedric ahora… Hablemos de otra cosa…
Pero por lo visto no era eso lo que tenía que haber dicho.
—¡Pensé… —balbuceó Cho salpicando la mesa de lágrimas— pensé que tú… lo entenderías!
¡Necesito hablar de ello! ¡Y seguro que tú ta-también necesitas hablar! No sé, tú viste co-cómo pasó,
¿no?
Aquello parecía una pesadilla; todo estaba saliendo al revés. Hasta Roger Davies se despegó de su
novia para girar la cabeza y mirar a la llorosa Cho.
—Bueno, he hablado de ello con Ron y Hermione —dijo Harry en un susurro—, pero…
—¡Ah, con Hermione Granger sí puedes hablar! —exclamó ella con voz estridente mientras las
lágrimas seguían resbalando por sus mejillas. Otras parejas que también estaban besándose se
separaron para observar a Cho y a Harry—. ¡Pero conmigo no! ¡Qui-quizá sería mejor que papagáramos y fueras a reunirte co-con Hermione Granger, si eso es lo que estás deseando!
Harry se quedó mirándola absolutamente perplejo mientras ella cogía una servilleta con flecos y se
secaba las lágrimas.
—¡Cho! —dijo Harry con voz débil.
Le habría gustado que Roger agarrara a su novia y empezara a besarla otra vez para que no los mirara
como un pasmado a él y a Cho.
—¡Vete si quieres! —exclamó ésta, que ahora lloraba con la servilleta en la cara—. No sé por qué me
pediste que saliera contigo si luego ibas a quedar con otras chicas… ¿A cuántas tienes que ver después
de Hermione?
—¡Pero qué dices! —explotó Harry, aunque sintió tanto alivio al comprender por fin por qué estaba
enfadada Cho, que se rió; y una milésima de segundo más tarde se dio cuenta de que aquello también
había sido un error.
La chica se puso en pie de un brinco. En el salón de té reinaba un silencio absoluto y todos los
observaban.
—Hasta la vista, Harry —se despidió Cho con dramatismo, e hipando ligeramente corrió hacia la
puerta, la abrió de un tirón y salió a la calle bajo una intensa lluvia.
—¡Cho! —la llamó él, pero la puerta ya se había cerrado tras ella produciendo un melódico tintineo.
En el salón de té no se oía ni una mosca. Harry era el blanco de todas las miradas. Dejó un galeón sobre
la mesa, se quitó el confeti de color rosa del pelo y salió a la calle en busca de Cho.
Llovía a cántaros, y Harry no la vio por ninguna parte. No entendía nada de lo que había pasado; hasta
hacía media hora se llevaban de perlas.
«¡Mujeres! —masculló, enojado, chapoteando por la calle con las manos en los bolsillos—. ¿Para qué
querría hablar de Cedric? ¿Por qué siempre saca un tema que hace que se convierta en una manguera
viviente?»
Torció a la derecha y echó a correr bajo la lluvia; unos minutos más tarde entraba por la puerta de Las
Tres Escobas. Sabía que era demasiado pronto para que Hermione hubiera llegado, pero pensó que
probablemente encontraría a alguien allí con quien pasar el rato. Se apartó el pelo mojado moviendo la
cabeza y miró alrededor. Hagrid estaba sentado solo en un rincón con aire taciturno.
—¡Hola, Hagrid! —lo saludó Harry tras abrirse paso entre las abarrotadas mesas, y acercó una silla a la
de su amigo.
Éste se sobresaltó y lo miró como si apenas lo reconociera. Harry vio que tenía dos nuevos cortes en la
cara y varios cardenales más.
—¡Ah, eres tú, Harry! ¿Estás bien?
—Sí, muy bien —mintió Harry; pero junto a su magullado y triste amigo tuvo la impresión de que en
realidad él no tenía motivos para quejarse—. ¿Y tú? ¿Estás bien?
—¿Yo? Sí, claro, fenomenal, Harry, fenomenal.
Hagrid hundió la mirada en su jarra de peltre, del tamaño de un cubo grande, y suspiró. Harry no sabía
qué decirle. Permanecieron un rato sentados en silencio. De repente Hagrid dijo:
—Tú y yo estamos en la misma situación, ¿no es cierto, Harry?
—Pues…
—Sí, ya lo decía yo… Ambos somos unos intrusos, por definirnos de alguna manera… —afirmó
asintiendo con la cabeza sabiamente—. Y ambos somos huérfanos. Sí…, ambos huérfanos. —Bebió un
enorme trago de la jarra—. Si tienes una familia decente todo cambia —prosiguió—. Mi padre era
decente. Y tus padres eran decentes. Si no hubieran muerto, tu vida habría sido muy distinta, ¿verdad?
—Sí, supongo que sí —admitió Harry con cautela pensando que Hagrid estaba de un humor muy
extraño.
—Familia —repitió Hagrid con tristeza—. Digan lo que digan, la sangre es importante…
Y se limpió un hilillo de sangre que le goteaba del ojo.
—Hagrid —lo interrumpió Harry sin poder contenerse—, ¿dónde te haces todas esas heridas?
—¿Eh? —se extrañó Hagrid, sorprendido—. ¿Qué heridas?
—¡Todas ésas! —exclamó Harry señalándole la cara.
—Ah… Esto no son más que golpes y contusiones, Harry —contestó quitándole importancia—. Gajes
del oficio. —Vació su jarra, la dejó en la mesa y se levantó—. Hasta luego, Harry. Cuídate.
Y dicho eso salió caminando pesadamente del pub, con gesto mustio, y desapareció bajo la lluvia
torrencial. Harry lo vio marchar y se sintió mal. Hagrid se sentía desdichado y ocultaba algo, pero
parecía decidido a rechazar cualquier ayuda. ¿Qué estaba pasando? Pero antes de que Harry pudiera
seguir reflexionando sobre ello, oyó una voz que lo llamaba.
—¡Harry! ¡Aquí, Harry!
Hermione le hacía señas con una mano desde el otro extremo del pub. Harry se levantó y fue hacia ella
atravesando el concurrido local. Cuando todavía estaba a varias mesas de distancia, se dio cuenta de
que Hermione no estaba sola. Estaba sentada a una mesa con dos personas a las que jamás habría
imaginado encontrar con ella: Luna Lovegood y nada más y nada menos que Rita Skeeter, exreportera
deEl Profetay una de las personas a las que Hermione más despreciaba en el mundo.
—¡Qué pronto has llegado! —exclamó su amiga mientras se apartaba para hacerle sitio—. Pensaba que
estabas con Cho. ¡No esperaba que llegaras hasta al menos dentro de una hora!
—¿Con Cho? —saltó Rita de inmediato retorciéndose en la silla para mirar con avidez a Harry—. ¿Una
chica?
Agarró su bolso de piel de cocodrilo y se puso a hurgar en él.
—¿A ti qué te importa que Harry haya salido con un centenar de chicas? —le dijo Hermione a la
periodista con descaro—. No es asunto tuyo, así que guarda eso ahora mismo.
Rita se disponía a sacar una pluma de color verde amarillento de su bolso, pero lo cerró y puso una cara
horrible, como si le hubieran hecho beber jugo fétido.
—¿Qué estáis tramando? —preguntó Harry, que se sentó y miró sin comprender a Rita, Luna y
Hermione.
—Doña Perfecta estaba a punto de contármelo cuando has llegado tú —dijo la periodista, y dio un buen
trago de su bebida—. Supongo que estoy autorizada a hablar con él, ¿no? —le espetó a Hermione.
—Sí, supongo que sí —repuso ella con frialdad.
A Rita no le sentaba nada bien el desempleo. Tenía el pelo lacio y despeinado y no llevaba los
elaborados rizos de tiempo atrás. Se le había saltado el esmalte de las uñas de cinco centímetros de
largo y a las gafas con alas les faltaban un par de joyas falsas. Dio otro gran trago de su bebida y dijo
hablando por la comisura de la boca:
—¿Es guapa, Harry?
—Una palabra más sobre la vida amorosa de Harry y se anula el trato, te lo prometo —la amenazó
Hermione.
—¿Qué trato? —preguntó Rita secándose la boca con el dorso de la mano—. Todavía no has
mencionado ningún trato, señorita Repipi, sólo me dijiste que me presentara aquí. ¡Ah, un día de
éstos…! —añadió con un estremecimiento.
—Sí, sí, un día de éstos te pondrás a escribir más historias horribles sobre Harry y sobre mí —comentó
Hermione con indiferencia—. A ver si encuentras a alguien a quien le interese leerlas.
—Pues este año han publicado un montón de historias horribles sobre Harry sin mi ayuda —replicó
Rita mirando al chico de soslayo por encima de sus gafas, y añadió—: ¿Cómo te ha sentado eso, Harry?
¿Te sientes traicionado? ¿Consternado? ¿Incomprendido?
—Está enfadado, como es lógico —repuso Hermione con voz fuerte y clara—. Porque le ha contado la
verdad al ministro de Magia y el ministro es demasiado idiota para creerlo.
—De modo que sigues en tus trece, empeñado en que El-que-no-debe-ser-nombrado ha vuelto, ¿no? —
dijo Rita bajando su copa y sometiendo a Harry a una penetrante mirada mientras acercaba una vez más
un dedo hacia el cierre de su bolso de cocodrilo—. ¿Defiendes ese absurdo cuento que Dumbledore le
va explicando a todo el mundo de que Quien-tú-sabes ha regresado y que tú eres el único testigo?
—Yo no soy el único testigo —gruñó Harry—. También había allí una docena demortífagos. ¿Quieres
que te dé sus nombres?
—Me encantaría —dijo Rita en voz baja, y se puso a hurgar de nuevo en su bolso observando a Harry
como si él fuera lo más hermoso que había visto jamás—. Lo publicaremos con un gran titular: «Potter
acusa…» Y con el subtítulo: «Harry Potter identifica a losmortífagosque siguen entre nosotros.» Y
entonces, bajo una gran fotografía tuya: «El trastornado adolescente que sobrevivió al ataque de Quienustedes-saben, Harry Potter, de 15 años, provocó un escándalo ayer al acusar a respetados y
prominentes miembros de la comunidad mágica de ser mortífagos…» —Rita tenía ya la pluma a
vuelapluma en la mano e iba a llevársela a la boca cuando se esfumó de su rostro la expresión de
embeleso—. Pero claro —continuó bajando la pluma y fulminando con la mirada a Hermione—, Doña
Perfecta no querrá que se publique esa historia, ¿no?
—Pues resulta —dijo Hermione con voz melosa— que eso es exactamente lo que quiere Doña
Perfecta.
Rita se quedó mirándola. Y lo mismo hizo Harry. Luna, en cambio, se puso a cantar por lo bajo «A
Weasley vamos a coronar» con aire ensimismado mientras removía su bebida con una cebollita de
cóctel pinchada en un palillo.
—¿Quieres que escriba una crónica sobre lo que Harry dice de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado? —le
preguntó Rita a Hermione con un hilo de voz.
—Sí, exacto. La verdadera historia. Con pelos y señales. Como la cuenta Harry. Te proporcionará todos
los detalles, te dará los nombres de losmortífagosno identificados a los que vio allí, te dirá qué aspecto
tiene ahora Voldemort… Vamos, contrólate —añadió con desdén, y lanzó una servilleta hacia el otro
lado de la mesa, pues, al oír el nombre de Voldemort, Rita había dado tal respingo que había derramado
la mitad de su copa de whisky de fuego y se había manchado la ropa.
La periodista secó su mugriento impermeable sin dejar de mirar atónita a Hermione. Entonces dijo lisa
y llanamente:
—El Profeta no lo publicará. Por si no lo habías notado, nadie se traga ese cuento chino. Todo el
mundo cree que Harry delira. Pero si me dejas escribir la historia desde esa perspectiva…
—¡Estamos hartos de historias sobre cómo Harry perdió la cabeza! —exclamó Hermione con enfado
—. ¡De ésas ya tenemos demasiadas, gracias! ¡Quiero que le den una oportunidad de decir la verdad!
—No hay demanda para una historia así —repuso Rita con frialdad.
—Lo que quieres decir es que El Profeta no la publicará porque Fudge no lo permitirá —aclaró
Hermione con fastidio.
Rita le lanzó una larga y dura mirada. Luego se inclinó hacia ella y afirmó con seriedad:
—De acuerdo, Fudge presiona aEl Profeta,pero a fin de cuentas viene a ser lo mismo. No publicarán
una historia que dé una imagen favorable de Harry. A nadie le interesa leerla. No está acorde con el
humor del público. La gente ya está bastante preocupada con esta última fuga de Azkaban y no quiere
pensar que Quien-vosotros-sabéis ha regresado.
—EntoncesEl Profetasólo sirve para contar a la gente lo que quiere oír, ¿no? —dijo Hermione en tono
cáustico.
Rita volvió a enderezarse en la silla, con las cejas arqueadas, y se terminó de un trago la copa de
whisky de fuego.
—AEl Profetasólo le interesa vender, so boba —le espetó.
—Mi padre opina que es un periódico malísimo —terció Luna, interviniendo inesperadamente en la
conversación. Miraba a Rita con sus enormes y protuberantes ojos de chiflada mientras chupaba la
cebollita de cóctel—. Él publica historias importantes que cree que el público debe conocer. No le
importa ganar dinero.
Rita miró a Luna con desdén.
—Supongo que tu padre dirige algún ridículo boletín informativo de pueblo, ¿no? Debe de publicar
artículos como «Veinticinco maneras de mezclarse con los muggles» y las fechas de los próximos
mercadillos.
—No —dijo Luna, y volvió a mojar la cebollita en su bebida, una tacita de alhelí—, es el director deEl
Quisquilloso.
Rita soltó tal resoplido que los clientes de una mesa cercana se volvieron, alarmados.
—Conque «historias importantes que cree que el público debe conocer», ¿eh? —dijo mordaz—. Podría
abonar mi jardín con el contenido de ese periodicucho.
—Pues mira, ahora tienes una oportunidad para mejorar un poco su nivel —sugirió Hermione en tono
agradable—. Luna dice que su padre no tiene inconveniente en aceptar la historia de Harry. La
publicará él.
Rita se quedó mirando a ambas un momento, y luego soltó una fuerte carcajada.
—¿El Quisquilloso?—dijo riendo socarronamente—. ¿Creéis que la gente se tomará a Harry en serio
si su historia se publica enEl Quisquilloso?
—Algunos no lo harán —admitió Hermione—. Pero la versión deEl Profetasobre la fuga de Azkaban
tenía unas lagunas descomunales. Creo que mucha gente debe de estar preguntándose si hay otra
explicación mejor de lo ocurrido, y si aparece una versión alternativa, aunque la publique un… —miró
de soslayo a Luna—, un…, bueno, una revista fuera de lo corriente, creo que les interesará leerla.
Rita permaneció un rato callada, pero miraba perspicazmente a Hermione con la cabeza un poco
ladeada.
—Está bien, supongamos durante un momento que lo hago —dijo de pronto— ¿Cuánto me pagaríais?
—Creo que mi padre no paga a la gente que escribe para su revista —comentó Luna con aire abstraído
—. Escriben porque lo consideran un honor y, como es lógico, para ver su nombre publicado.
Rita Skeeter volvió a poner cara de tener la boca llena de jugo fétido, y de nuevo se dirigió a Hermione:
—¿Pretendes que haga esto gratis?
—Pues sí —contestó Hermione con calma, y bebió un sorbo de su bebida—. Si no, como muy bien
sabes, informaré a las autoridades de que eres una animaga no registrada. Evidentemente,El Profetate
pagaría mucho dinero por una crónica sobre la vida en Azkaban escrita desde el interior.
Daba la impresión de que a Rita le habría encantado meterle a Hermione por la nariz la sombrillita de
papel que decoraba su copa.
—Supongo que no tengo alternativa, ¿no? —repuso Rita con voz ligeramente temblorosa. Abrió una
vez más su bolso de cocodrilo, sacó un trozo de pergamino y levantó su pluma a vuelapluma.
—Mi padre se va a poner muy contento —comentó Luna alegremente mientras a Rita le temblaba un
músculo de la mandíbula.
—¿Listo, Harry? —le preguntó Hermione volviéndose hacia él—. ¿Preparado para contar la verdad a
todo el mundo?
—Supongo que sí —dijo él mientras Rita sostenía en equilibrio la pluma a vuelapluma sobre el trozo
de pergamino que los separaba.
—Ya puedes disparar, Rita —sentenció Hermione con serenidad, y pescó una guinda del fondo de su
copa.
26
Visto y no visto
Luna dijo que no sabía cuándo aparecería la entrevista de Rita con Harry enEl Quisquilloso,pues supadre estaba esperando un largo e interesantísimo artículo basado en el testimonio de personas que
recientemente habían vistosnorkacksde cuernos arrugados.
—Como os podéis imaginar —explicó—, esa historia es muy importante, así que la de Harry quizá
tenga que esperar al siguiente número.
Para Harry no fue una experiencia fácil hablar de la noche en que regresó Voldemort. Rita lo había
presionado para sacarle hasta el último detalle, y él le había contado todo lo que recordaba, consciente
de que aquélla era una oportunidad única para explicar la verdad. No sabía cómo reaccionaría la gente
al leer la crónica. Imaginaba que serviría para que muchos se reafirmaran en la opinión de que estaba
completamente loco, en parte porque su historia aparecería junto a una sarta de tonterías sobre los
snorkacksde cuernos arrugados. Pero la fuga de Bellatrix Lestrange y de los otros mortífagoshabía
despertado en Harry un deseo irrefrenable de hacer algo, funcionara o no…
—Estoy impaciente por saber lo que opina la profesora Umbridge de tus revelaciones a la prensa —le
dijo Dean, atemorizado, el lunes por la noche durante la cena. Seamus, sentado al lado de Dean,
engullía enormes cantidades de empanadas de pollo con jamón, pero Harry se dio cuenta de que no se
perdía detalle.
—Has hecho lo que tenías que hacer, Harry —terció Neville, que estaba sentado enfrente. Estaba muy
pálido, pero añadió en voz baja—: Debió de ser… muy duro para ti hablar de todo eso, ¿verdad?
—Sí —musitó el chico—, pero la gente tiene que saber de qué es capaz Voldemort, ¿no?
—Claro; bueno, él y susmortífagos—coincidió Neville asintiendo con la cabeza—. La gente debería
saber…
Neville dejó la frase inacabada y siguió comiendo patatas asadas. Seamus, por su parte, levantó la
cabeza, pero cuando su mirada se encontró con la de Harry, bajó rápidamente la vista hacia su plato. Al
cabo de un rato, Dean, Seamus y Neville se marcharon a la sala común; Harry y Hermione se quedaron
en la mesa esperando a Ron, que todavía no había cenado por culpa del entrenamiento dequidditch.
Cho Chang entró en el comedor con su amiga Marietta. Harry notó una desagradable sacudida en el
estómago, pero ella no miró hacia la mesa de Gryffindor y se sentó de espaldas a él.
—Ah, se me olvidó preguntártelo —comentó Hermione con una sonrisa en los labios tras echar un
vistazo a la mesa de Ravenclaw—, ¿cómo te fue la cita con Cho? ¿Por qué volviste tan pronto?
—Pues fue…, fue… —respondió Harry al mismo tiempo que acercaba una bandeja de pastel de
ruibarbo y se servía por segunda vez— un fracaso total, ya que me lo preguntas.
Y le contó lo que había pasado en el salón de té de Madame Pudipié.
—…y entonces —concluyó varios minutos más tarde, cuando desaparecieron las últimas migas de
pastel— se levanta y dice: «Hasta la vista, Harry» ¡y se larga corriendo! —Dejó la cuchara sobre la
mesa y miró a Hermione—. ¿Tú entiendes algo?
Hermione lanzó una mirada a la nuca de Cho y suspiró.
—¡Ay, Harry! —exclamó con tristeza—. Lo siento, pero tienes muy poco tacto.
—¿Poco tacto? ¿Yo? —dijo Harry, indignado—. Pero si estábamos la mar de bien, y de repente me
cuenta que Roger Davies le había pedido salir y que ella solía ir a aquel ridículo salón de té a
besuquearse con Cedric. ¿Cómo crees que me sentó a mí eso?
—Verás —dijo Hermione adoptando un aire de paciencia infinita, como si estuviera explicándole a un
niño pequeño e hipersensible que uno más uno son dos—, no debiste soltarle en plena cita que habías
quedado conmigo.
—Pero…, pero —balbuceó Harry—, pero tú me pediste que nos reuniéramos allí a las doce y me
dijiste que podía llevarla. ¿Cómo querías que lo hiciera sin decírselo?
—Tendrías que habérselo explicado de otro modo —aclaró Hermione sin abandonar aquel exasperante
aire de superioridad—. Tendrías que haberle asegurado que te daba mucha rabia, pero que yo te había
hecho prometer que irías a Las Tres Escobas, y que en realidad no tenías ningunas ganas de ir allí
porque preferías mil veces pasar todo el día con ella, pero desgraciadamente creías que no podías
darme plantón; y tendrías que haberle pedido por favor que te acompañara, porque así podrías librarte
antes de mí. Y no habría estado de más mencionar lo fea que me encuentras —añadió Hermione en el
último momento.
—Pero si yo no te encuentro fea —dijo Harry, desconcertado.
Su amiga se rió.
—Eres peor que Ron, Harry. Bueno, peor no. —Suspiró, y en ese momento Ron entró en el comedor;
iba lleno de salpicaduras de barro y estaba malhumorado—. Mira, a Cho le disgustó que hubieras
quedado conmigo e intentó ponerte celoso. Lo hizo para averiguar hasta qué punto te gusta.
—¿Estás segura? —inquirió Harry al mismo tiempo que Ron se dejaba caer en el banco de enfrente y
se acercaba todas las bandejas que tenía a su alcance—. ¿Y no habría sido más sencillo que me hubiera
preguntado si ella me gusta más que tú?
—Las chicas no suelen hacer preguntas de ese tipo —le respondió Hermione.
—¡Pues deberían hacerlas! —exclamó Harry con vehemencia—. ¡Así yo habría podido decirle que me
gusta, y ella no habría tenido que volver a ponerse a llorar por la muerte de Cedric!
—Yo no digo que lo que hizo fuera lo más sensato —puntualizó Hermione. Ginny acababa de llegar a
la mesa de Gryffindor; también iba cubierta de barro y parecía tan contrariada como su hermano—.
Sólo intento hacerte comprender lo que Cho sentía en aquel momento.
—Deberías escribir un libro —le dijo Ron a Hermione mientras cortaba las patatas que se había puesto
en el plato—. Tendrías que explicar todas las locuras que hacen las chicas para que los chicos
pudiéramos entenderlas.
—Sí —dijo Harry con fervor, y miró hacia la mesa de Ravenclaw. Cho acababa de levantarse y, sin
mirar hacia donde estaba él, salió del Gran Comedor. Harry, muy deprimido, miró a Ron y a Ginny—.
Bueno, ¿qué tal ha ido el entrenamiento dequidditch?
—Fue una pesadilla —contestó Ron hoscamente.
—Vamos, vamos —dijo Hermione mirando a Ginny—, seguro que no ha sido tan…
—Ya lo creo —afirmó Ginny—. Ha sido desastroso. Al final, Angelina estaba al borde de las lágrimas.
Después de cenar, Ron y Ginny fueron a darse un baño y Harry y Hermione regresaron a la concurrida
sala común de Gryffindor y a su montón de deberes de rigor. Harry llevaba media hora peleando con un
nuevo mapa celeste para la clase de Astronomía cuando aparecieron Fred y George.
—¿No están aquí ni Ron ni Ginny? —preguntó Fred, y miró alrededor mientras arrastraba una butaca;
Harry negó con la cabeza, y entonces Fred dijo—: Mejor. Hemos estado viendo el entrenamiento. Los
van a machacar. Sin nosotros son un completo desastre.
—Hombre, Ginny no lo hace mal del todo —intervino George, y se sentó junto a su gemelo—. La
verdad es que no me explico que lo haga tan bien, porque nunca le hemos dejado jugar con nosotros.
—Tu hermana entra a hurtadillas en el cobertizo de las escobas del jardín desde que tiene seis años y
vuela con vuestras escobas, por turnos, cuando no podéis verla —dijo Hermione desde detrás de un
inseguro montón de libros sobre la asignatura de Runas Antiguas.
—¡Ah! —exclamó George, ligeramente impresionado—. Bueno, eso lo explica todo.
—¿Ha parado Ron alguna bola? —preguntó Hermione asomando por encima de la cubierta de
Jeroglíficos y logogramas mágicos.
—Verás, el caso es que las para cuando cree que nadie lo mira —explicó Fred poniendo los ojos en
blanco—, de modo que lo único que tenemos que hacer el sábado es pedir a los espectadores que se den
la vuelta y hablen unos con otros cada vez que la quafflellegue al extremo del campo donde está Ron.
—Fred se levantó e, inquieto, fue hacia la ventana y desde allí contempló los oscuros jardines—.
¿Sabéis una cosa? Elquidditchera lo único por lo que valía la pena quedarse en este colegio.
Hermione lo miró con severidad.
—¡Pronto tendrás exámenes!
—Ya te lo he dicho, losÉXTASISno nos preocupan —repuso Fred—. Los Surtidos Saltaclases ya están
listos, hemos encontrado la manera de eliminar esos granos: basta con aplicarles un par de gotas de
solución demurtlap. Lee fue quien nos lo recomendó.
George bostezó y miró desconsoladamente el nublado cielo nocturno.
—Me parece que no quiero ni ver ese partido. Si Zacharias Smith nos gana tendré que matarme.
—Querrás decir que tendrás que matarlo a él —lo corrigió Fred con firmeza.
—Eso es lo malo que tiene el quidditch —comentó Hermione, distraída, sin apartar la vista de su
traducción de runas—, que crea muchas tensiones y enemistades entre las casas. —Levantó la cabeza
para buscar su ejemplar delSilabario del hechiceroy se dio cuenta de que Fred, George y Harry la
miraban de hito en hito con una mezcla de asco e incredulidad en el rostro—. ¡Es cierto! —se defendió
—. En realidad no es más que un juego, ¿no?
—Hermione —dijo Harry moviendo la cabeza con un gesto negativo—, eres un as con los sentimientos
y esas cosas, pero dequidditchno tienes ni idea.
—Es posible —admitió ella con vaguedad, y siguió con su traducción—, pero al menos mi felicidad no
depende de la habilidad de Ron como guardián.
Y pese a que Harry hubiera preferido saltar desde la torre de Astronomía antes que darle la razón a
Hermione, habría dado un montón de galeones a cambio de que a él tampoco le interesara el quidditch
después de ver el partido del sábado siguiente.
Lo mejor que podía decirse de aquel partido era que fue corto; los espectadores de Gryffindor sólo
tuvieron que soportar veintidós minutos de martirio. No resultaba fácil decidir qué había sido lo peor,
pero Harry creía que la palma se la disputaban la decimocuarta parada fallida de Ron, el momento en
que Sloper no logró darle a la bludger y en cambio golpeó a Angelina en la boca con el bate, y el
espectáculo que montó Kirke, que se puso a chillar y cayó de espaldas de su escoba, cuando Zacharias
Smith salió zumbando hacia él con la quaffle. El milagro fue que Gryffindor sólo perdió por diez
puntos: Ginny consiguió atrapar lasnitchcuando la bola estaba debajo de las narices de Summerby, el
buscador de Hufflepuff, de modo que el resultado final fue de doscientos cuarenta a doscientos treinta.
—¡Buena jugada! —le dijo Harry a Ginny un poco más tarde en la sala común, donde reinaba una
atmósfera parecida a la de un funeral especialmente triste.
—He tenido suerte —replicó ella encogiéndose de hombros—. No era una snitch muy rápida, y
Summerby está resfriado: ha estornudado y ha cerrado los ojos justo en el peor momento. Pero cuando
tú vuelvas al equipo…
—Me han suspendido de por vida, Ginny.
—Te han suspendido mientras la profesora Umbridge siga en el colegio —lo corrigió ella—. No es lo
mismo. En fin, cuando tú vuelvas, creo que me presentaré a las pruebas de cazador. Angelina y Alicia
se marchan el año que viene, y de todos modos prefiero marcar goles a buscar. —Harry miró a Ron,
que estaba encorvado en una esquina observándose las rodillas y llevaba una botella de cerveza de
mantequilla colgando de una mano—. Angelina sigue sin dejarle renunciar —le explicó Ginny como si
le hubiera leído el pensamiento a su amigo—. Dice que está segura de que lo lleva en la sangre.
A Harry le caía bien Angelina por la fe que demostraba tener en Ron, pero al mismo tiempo pensaba
que en el fondo le haría un favor si lo dejara abandonar el equipo. Ron había salido del terreno de juego
en medio de otro atronador coro de «A Weasley vamos a coronar» entonado con verdadero entusiasmo
por los de Slytherin, que ya eran los favoritos para ganar la Copa de quidditch. Los gemelos se le
acercaron.
—Ni siquiera he tenido valor para tomarle el pelo —comentó Fred mirando a su hermano Ron—. Y eso
que… cuando se le escapó la decimocuarta… —Hizo unos aspavientos con los brazos, como si nadara
al estilo perro—. Bueno, me lo guardo para las fiestas, ¿eh?
Poco después, Ron subió arrastrándose hasta el dormitorio. Harry, por respeto al estado de ánimo de su
amigo, tardó un rato en subir a acostarse, para que pudiera hacerse el dormido si le apetecía. Y en
efecto, cuando Harry entró en la habitación, Ron roncaba de un modo demasiado exagerado para ser
del todo verosímil.
Harry se metió en la cama y se puso a pensar en el partido. Observarlo desde las gradas había resultado
muy frustrante. La actuación de Ginny le había impresionado mucho, pero estaba seguro de que de
haber jugado él habría logrado atrapar antes la snitch… Hubo un momento en que la pequeña bola
alada revoloteó cerca del tobillo de Kirke; si Ginny no hubiera vacilado, habría podido conseguir que
Gryffindor ganara, aunque hubiera sido por los pelos.
La profesora Umbridge había contemplado el partido sentada unas cuantas filas por debajo de Harry y
Hermione. En un par de ocasiones, la profesora había girado la cabeza para mirarlo, y a él le había
parecido que la enorme boca de sapo de la profesora se había dilatado en una sonrisa de regodeo. Aquel
recuerdo hizo que Harry, tumbado a oscuras en su cama, se pusiera rojo de ira. Sin embargo, pasados
unos minutos recordó que tenía que vaciar su mente de toda emoción antes de dormir, como Snape
seguía ordenándole siempre al final de la clase de Oclumancia.
Lo intentó durante un momento, pero la imagen de Snape se superponía a la de la profesora Umbridge,
y eso no hacía más que intensificar su profundo resentimiento. De ese modo, en lugar de vaciar su
mente, se dio cuenta de que estaba concentrado en pensar lo mucho que odiaba a aquellos dos
personajes. Los ronquidos de Ron fueron apagándose poco a poco, y los sustituyó el sonido de su lenta
y acompasada respiración. Harry tardó mucho más que su amigo en conciliar el sueño; estaba
físicamente cansado, pero le llevó un buen rato desconectar el cerebro.
Soñó que Neville y la profesora Sprout bailaban un vals en la Sala de los Menesteres mientras la
profesora McGonagall tocaba la gaita. Él los observaba tranquilamente, hasta que decidía ir a buscar a
los otros miembros delED.
Pero cuando salía de la sala no se encontraba frente al tapiz de Barnabás el Chiflado, sino frente a una
antorcha que ardía en un soporte, en una pared de piedra. Giraba con lentitud la cabeza hacia la
izquierda, y allí, al final del pasillo sin ventanas, había una puerta negra y lisa.
Se dirigía hacia ella con una emoción cada vez mayor. Tenía la extraña sensación de que esa vez, por
fin, iba a tener suerte y descubriría la forma de abrirla… Estaba a pocos palmos de ella y veía, con gran
entusiasmo, que había una reluciente rendija de débil luz azulada que discurría por la parte de la
derecha. La puerta estaba entreabierta. Estiraba un brazo para empujarla y…
Ron soltó un fuerte, bronco y genuino ronquido, y Harry despertó bruscamente con la mano derecha en
alto y extendida en la oscuridad para abrir una puerta que estaba a cientos de kilómetros de distancia.
Luego la dejó caer con una mezcla de decepción y culpabilidad. Era consciente de que no debía haber
visto aquella puerta, pero al mismo tiempo lo consumía hasta tal punto la curiosidad por saber qué
había detrás de ella que se enfadó con Ron. ¿No podía haber esperado un minuto más para soltar aquel
ronquido?
El lunes por la mañana entraron en el Gran Comedor para desayunar en el preciso instante en que
llegaban las lechuzas con el correo. Hermione no era la única que esperaba con avidez su ejemplar de
El Profeta: casi todos los estudiantes estaban ansiosos por saber más noticias sobre los mortífagos
fugitivos, quienes todavía no habían sido detenidos, pese a que muchas personas aseguraban haberlos
visto. Entregó unknuta la lechuza que le dio el periódico, y lo desplegó apresuradamente mientras
Harry se servía zumo de naranja; como sólo había recibido un mensaje en todo el curso, cuando la
primera lechuza aterrizó con un golpe seco delante de él, creyó que se había equivocado.
—¿A quién buscas? —le preguntó apartando lánguidamente su zumo de naranja de debajo del pico de
la lechuza, y se inclinó hacia delante para leer el nombre y la dirección del destinatario.
Harry Potter
Gran Comedor
Colegio Hogwarts
Harry frunció el entrecejo y se dispuso a coger la carta, pero, antes de que pudiera hacerlo, tres, cuatro
y hasta cinco lechuzas más llegaron volando y se posaron al lado de la primera disputándose un sitio, al
mismo tiempo que pisaban la mantequilla y tiraban el salero en sus intentos de entregarle, antes que las
demás, la carta que llevaban.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Ron, asombrado, mientras los demás ocupantes de la mesa de
Gryffindor se inclinaban para mirar y siete lechuzas más aterrizaban entre las anteriores, chillando,
ululando y agitando las alas.
—¡Harry! —exclamó Hermione, que a continuación hundió las manos en la masa de plumas y levantó
una lechuza que llevaba un paquete largo y cilíndrico—. Creo que sé lo que esto significa. ¡Abre ésta
primero!
Harry retiró el envoltorio de papel de color marrón y encontró un ejemplar fuertemente enrollado del
número de marzo de El Quisquilloso. Lo desenrolló y vio su cara, que sonreía tímidamente en la
portada. Sobre la imagen de Harry había unas grandes letras rojas que rezaban:
HARRY POTTER HABLA POR FIN:
«TODA LA VERDAD SOBRE EL-QUE-NO-DEBE-SER-NOMBRADO Y LA NOCHE QUE LO VI REGRESAR»
¿Te gusta? —le preguntó Luna, que se había acercado a la mesa de Gryffindor y se apretujaba en el
banco entre Fred y Ron—. Salió ayer. Le pedí a mi padre que te enviara un ejemplar gratuito. Supongo
que todo esto —añadió señalando las lechuzas, que seguían buscando un lugar frente a Harry— son
cartas de los lectores.
—Lo que me imaginaba —dijo Hermione con entusiasmo—. Harry, ¿te importa si…?
—Tú misma —repuso él con expresión de desconcierto.
Ron y Hermione empezaron a abrir sobres.
—Ésta es de un tipo que cree que estás como una cabra —dijo Ron mientras leía la carta que había
cogido—. Ah, bueno…
—Esta mujer te recomienda que hagas un tratamiento de hechizos de choque en San Mungo —comentó
Hermione, decepcionada, y arrugó su carta.
—Pues ésta no está mal —afirmó Harry despacio, leyendo por encima una larga carta de una bruja de
Paisley—. ¡Eh, dice que me cree!
—Éste está indeciso —terció Fred, que se había apuntado con entusiasmo a abrir cartas—. Dice que no
cree que estés loco, pero que no le hace ninguna gracia pensar que Quien-vosotros-sabéis ha regresado
y por eso ahora no sabe qué pensar. ¡Vaya, qué manera de malgastar el pergamino!
—¡A éste también lo has convencido, Harry! —exclamó Hermione, emocionada—. «Después de leer tu
versión de la historia, he llegado a la conclusión de queEl Profetate ha tratado injustamente… Aunque
no me guste pensar que El-que-no-debe-ser-nombrado ha regresado, no tengo más remedio que aceptar
que dices la verdad…» ¡Es fantástico!
—Otro que cree que has perdido la cabeza —comentó Ron, y tiró una carta arrugada por encima del
hombro—, pero ésta dice que la has convencido y que ahora piensa que eres un verdadero héroe; ¡hasta
ha incluido una fotografía suya! ¡Toma!
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz infantil y falsamente dulzona.
Harry, que tenía las manos llenas de sobres, levantó la cabeza. La profesora Umbridge estaba de pie,
detrás de Fred y de Luna, y examinaba con sus saltones ojos de sapo el revoltijo de lechuzas y cartas
que había encima de la mesa, enfrente de Harry. Y él se dio cuenta de que muchos estudiantes los
observaban con avidez.
—¿A qué se debe que recibas tantas cartas, Potter? —le preguntó la profesora Umbridge lentamente.
—¿También es delito recibir correo? —inquirió Fred en voz alta.
—Ten cuidado, Weasley, o tendré que castigarte —respondió la bruja—. ¿Y bien, señor Potter?
Harry vaciló, pero no sabía cómo iba a mantener en secreto lo que había hecho; seguramente, sólo era
cuestión de tiempo que un ejemplar deEl Quisquillosollegara a manos de la profesora Umbridge.
—La gente me escribe cartas porque me han hecho una entrevista —contestó Harry—. Sobre lo que
pasó en junio.
Cuando pronunció esta frase, dirigió la vista hacia la mesa de los profesores sin saber por qué. Harry
tuvo la extraña sensación de que un instante antes Dumbledore lo había estado observando, pero
cuando miró al director lo vio enfrascado en una conversación con el profesor Flitwick.
—¿Una entrevista? —repitió la profesora Umbridge con una voz más aguda y alta que nunca—. ¿Qué
quieres decir con eso?
—Quiero decir que una periodista me hizo preguntas y que yo las contesté. Mire…
Y le lanzó un ejemplar de El Quisquilloso. La profesora Umbridge lo cogió al vuelo y se quedó
contemplando la portada. Inmediatamente, su blancuzco rostro se cubrió de desagradables manchas
violetas.
—¿Cuándo has hecho esto? —le preguntó con voz ligeramente temblorosa.
—En la última excursión a Hogsmeade —contestó Harry.
La profesora lo miró rabiosa mientras la revista temblaba entre sus regordetes dedos.
—Se te han acabado los fines de semana en Hogsmeade, Potter —susurró—. ¿Cómo te atreves…,
cómo has podido…? —Inspiró hondo—. He intentado mil veces enseñarte a no decir mentiras. Por lo
visto, todavía no has captado el mensaje. Cincuenta puntos menos para Gryffindor y otra semana de
castigos.
Se marchó muy indignada, con el ejemplar de El Quisquilloso contra el pecho, y los estudiantes la
siguieron con la mirada.
A media mañana aparecieron colgados enormes letreros por todo el colegio, no sólo en los tablones de
anuncios, sino también en los pasillos y en las aulas.
POR ORDEN DE LA SUMA INQUISIDORA DE HOGWARTS
Cualquier estudiante al que se sorprenda en posesión de la revistaEl Quisquillososerá expulsado del
colegio.
Esta norma se ajusta al Decreto de Enseñanza n.°27.
Firmado:
Dolores Jane Umbridge
Suma Inquisidora
Por algún extraño motivo, a Hermione se le iluminaba la cara cada vez que veía uno de esos letreros.
—¿Se puede saber por qué estás tan contenta? —le preguntó Harry.
—¡Ay, Harry! ¿No lo entiendes? —exclamó Hermione—. ¡Si algo puede haber hecho la profesora
Umbridge para tener la certeza absoluta de que hasta el último estudiante de este colegio lee tu
entrevista, es prohibirla!
Y por lo visto Hermione tenía razón. Hacia el final del día, aunque Harry no había visto ni un trocito de
El Quisquilloso en todo el colegio, los alumnos hablaban entre sí de la entrevista. Harry oyó que
cuchicheaban mientras esperaban en fila para entrar en las aulas, y que la comentaban a la hora de
comer y durante las clases; además, Hermione le informó de que las chicas también hablaban de la
noticia en los lavabos cuando ella entró allí un momento antes de la clase de Runas Antiguas.
—Entonces me han visto, y como saben que te conozco, me han bombardeado a preguntas —le contó
con los ojos relucientes—. Y me parece que te creen, Harry, de verdad, ¡creo que por fin los has
convencido!
Entre tanto, la profesora Umbridge recorría el colegio parando a los estudiantes al azar, y les exigía que
se vaciaran los bolsillos y le enseñaran los libros; Harry sabía que lo que buscaba era ejemplares de El
Quisquilloso,pero los alumnos le llevaban ventaja: habían embrujado las páginas de la entrevista de
Harry para que parecieran fragmentos de libros de texto por si las leía alguien que no fuera ellos, o las
habían borrado mediante magia, y esperaban el momento adecuado para leerlas. Al poco tiempo daba la
impresión de que todo el alumnado había leído la entrevista.
Los profesores tenían prohibido mencionar la entrevista según el Decreto de Enseñanza n.° 26, por
supuesto, pero aun así encontraron formas de expresar lo que opinaban de ella. La profesora Sprout
concedió veinte puntos a Gryffindor cuando Harry le acercó una regadera; el profesor Flitwick le puso
una caja de ratones de azúcar chillones en las manos al finalizar la clase de Encantamientos, y luego
dijo: «¡Chissst!» y se alejó a toda prisa; y la profesora Trelawney lloró como una histérica durante la
clase de Adivinación y anunció a la desconcertada clase, y a la profesora Umbridge, que la
contemplaba con gesto de desaprobación, que no era cierto que Harry moriría prematuramente, sino
que llegaría a ser muy viejo, se convertiría en ministro de Magia y tendría doce hijos.
Sin embargo, lo que hizo más feliz a Harry fue que al día siguiente Cho lo alcanzara por un pasillo
cuando él se dirigía a la clase de Transformaciones, y antes de que se diera cuenta de lo que estaba
pasando, Cho le cogiera de la mano y le susurrara al oído: «Lo siento muchísimo. Esa entrevista es un
verdadero acto de valentía. Me ha hecho llorar.»
Harry lamentó que Cho hubiera llorado por culpa de aquel tema, pero se alegraba mucho de que
volvieran a ser amigos, y se puso aún más contento cuando Cho le dio un fugaz beso en la mejilla y se
alejó corriendo. Y lo más increíble fue que, en cuanto Harry llegó al aula de Transformaciones, ocurrió
algo francamente asombroso: Seamus se separó de la fila para hablar con él.
—Sólo quería decirte que te creo —masculló mirando la rodilla izquierda de Harry con los ojos
entrecerrados—. Y que he enviado un ejemplar de esa revista a mi madre.
Y si algo hacía falta para redondear la felicidad de Harry, fue la reacción de Malfoy, Crabbe y Goyle.
Los vio con las cabezas juntas a última hora de la tarde en la biblioteca; estaban con un chico
enclenque que, según le dijo Hermione al oído, se llamaba Theodore Nott. Giraron la cabeza para mirar
a Harry mientras él buscaba por las estanterías un libro sobre desaparición parcial que necesitaba:
Goyle hizo crujir los nudillos, como si lo amenazara, y Malfoy le susurró algo sin duda malicioso a
Crabbe. Harry sabía perfectamente por qué se comportaban así: él había identificado a sus respectivos
padres comomortífagos.
—¡Y lo mejor de todo es que no pueden contradecirte porque no deben admitir que han leído el
artículo! —dijo en voz baja Hermione, con regocijo, cuando abandonaban la biblioteca.
Por si fuera poco, a la hora de cenar, Luna le informó de que ningún otro número de El Quisquillosose
había agotado tan deprisa.
—¡Mi padre está haciendo una reimpresión! —le explicó a Harry con los ojos fuera de las órbitas—.
¡No puede creerlo; dice que a la gente le interesa más esta historia que la de los snorkacksde cuernos
arrugados!
Aquella noche Harry recibió tratamiento de héroe en la sala común de Gryffindor. Fred y George, con
gran osadía, le habían hecho un encantamiento de ampliación a la portada de El Quisquilloso y la
habían colgado en la pared, de modo que la gigantesca cabeza de Harry presidía la reunión desde lo
alto, y decía de vez en cuando cosas como: «LOS DEL MINISTERIO SON UNOS IMBÉCILES» o
«CHÚPATE ÉSA, UMBRIDGE»con voz atronadora. Hermione no lo encontró muy divertido; dijo que le
impedía concentrarse, y acabó acostándose temprano de lo fastidiada que estaba. Harry tuvo que
reconocer, pasadas un par de horas, que el póster ya no resultaba tan gracioso, sobre todo cuando
empezaron a agotarse los efectos del hechizo parlante y sólo gritaba palabras inconexas, como
«CHÚPATE»y«UMBRIDGE», a intervalos cada vez más frecuentes y con una voz cada vez más alta. De
hecho, aquellos gritos comenzaron a producirle dolor de cabeza, y la cicatriz volvía a molestarle
mucho. Al final, pese a las exclamaciones de desilusión de los estudiantes que estaban sentados a su
alrededor y que le pedían que reviviera su entrevista por enésima vez, Harry anunció que él también
necesitaba acostarse pronto.
Cuando llegó al dormitorio lo encontró vacío. Apoyó un momento la frente en el frío cristal de la
ventana que había junto a su cama, y eso le alivió un tanto el dolor. A continuación, se desvistió y se
metió en la cama con la esperanza de que se le pasara. También estaba un poco mareado. Se tumbó
sobre un costado, cerró los ojos y se quedó dormido casi al instante…
Estaba de pie en una habitación oscura con cortinas, iluminada con unas pocas velas, y agarraba con
ambas manos el respaldo de una silla que tenía delante. Eran unas manos blancas de largos dedos,
como si no hubieran visto la luz del sol durante años, y parecían enormes y pálidas arañas contra el
oscuro terciopelo de la silla. Frente a ésta, bajo la luz que proyectaban las velas, estaba arrodillado un
hombre que llevaba una túnica negra.
—Al parecer me han aconsejado mal —decía Harry con una voz fría y aguda, cargada de ira.
—Os ruego que me perdonéis, amo —respondía con voz ronca el hombre que estaba arrodillado en el
suelo. La luz de las velas se reflejaba en su nuca. Estaba temblando. —No te culpo a ti, Rookwood —
afirmaba Harry, que seguía hablando con aquella voz fría y cruel.
Soltaba la silla, pasaba junto a ella y se acercaba al hombre que estaba encogido de miedo en el suelo,
hasta situarse enfrente de él en la oscuridad, y miraba hacia abajo desde una altura mucho mayor de la
habitual.
—¿Estás seguro de lo que dices, Rookwood? —preguntaba Harry.
—Sí, mi señor, sí… Yo trabajé en el Departamento después…, después de todo…
—Avery me dijo que Bode podría sacarla de allí.
—Bode jamás habría podido cogerla, amo… Bode debía de saber que no podía… Sin duda fue por eso
por lo que se defendió tanto contra la maldiciónImperiusque le echó Malfoy…
—Levántate, Rookwood —susurraba Harry.
El hombre arrodillado casi se caía con las prisas por obedecer. Tenía la cara picada de viruela y la luz
de las velas daba relieve a las cicatrices. Al ponerse en pie permanecía un poco encorvado, como si se
hubiera quedado a media reverencia, y lanzaba miradas aterradas a Harry.
—Has hecho bien contándome eso —decía Harry—. Muy bien… Por lo visto, he malgastado meses
urdiendo planes inútiles… Pero no importa, volveremos a empezar. Cuentas con la gratitud de lord
Voldemort, Rookwood.
—Sí, mi señor —contestaba éste con voz ahogada y ronca, cargada de alivio.
—Voy a necesitar tu ayuda. Voy a necesitar toda la información que puedas conseguir.
—Por supuesto, mi señor, por supuesto… Haría cualquier cosa…
—Muy bien, ya puedes irte. Envíame a Avery. —Rookwood salía caminando hacia atrás, haciendo
reverencias, y desaparecía por una puerta.
Harry, a solas en la habitación en penumbra, se volvía hacia la pared, donde había colgado un viejo
espejo rajado y con manchas. Harry iba hacia él. Su reflejo se hacía más grande y más nítido en la
oscuridad… Veía una cara más blanca que una calavera, unos ojos rojos con unas pupilas que parecían
rendijas…
—¡NOOOOOO!
—¿Qué pasa? —preguntó una voz.
Harry agitó los brazos, desesperado, se enredó en los cortinajes y cayó de la cama. Durante unos
segundos no supo dónde se hallaba; estaba convencido de que volvería a ver de inmediato la cara
blanca que parecía una calavera, pero entonces, muy cerca de él, la voz de Ron dijo:
—¿Quieres dejar de comportarte como un loco para que pueda sacarte de aquí?
Ron arrancó las cortinas y Harry, tumbado boca arriba y sintiendo un intenso dolor en la cicatriz, vio a
su amigo bajo la luz de la luna. Ron debía de estar a punto de acostarse porque tenía un brazo fuera de
la túnica.
—¿Han vuelto a atacar a alguien? —preguntó Ron al mismo tiempo que ayudaba a Harry a levantarse
—. ¿A mi padre? ¿Ha sido esa serpiente otra vez?
—No, todos están bien —contestó Harry de forma entrecortada y con la frente ardiendo—. Bueno,
Avery no… Él está metido en un lío… Le dio una información equivocada… Voldemort está muy
enfadado…
Harry soltó un gemido y se desplomó temblando en la cama mientras se frotaba la cicatriz.
—Pero ahora Rookwood va a ayudarlo… Vuelve a estar sobre la pista correcta…
—Pero ¿de qué estás hablando? —dijo Ron, muy asustado—. ¿Insinúas… que has visto a Quien-túsabes?
—Yo era Quien-tú-sabes —lo corrigió Harry, y extendió las manos en la oscuridad y se las acercó a la
cara para comprobar que ya no eran de un blanco mortal y que no tenían aquellos largos dedos—.
Estaba con Rookwood, es uno de losmortífagosque se fugaron de Azkaban, ¿te acuerdas? Rookwood
acaba de decirle que Bode no habría podido hacerlo.
—¿Que no habría podido hacer qué?
—Sacar algo… Dijo que Bode debía de saber que no habría podido hacerlo… Bode estaba bajo la
maldiciónImperius… Creo que dijo que se la había echado Malfoy.
—¿Embrujaron a Bode para sacar algo de algún sitio? Pero… Harry, tiene que ser…
—El arma —confirmó él terminando la frase de Ron—. Ya lo sé.
Entonces se abrió la puerta del dormitorio y entraron Dean y Seamus. Harry subió las piernas a la
cama. No quería que se notara que había pasado algo raro, puesto que hacía muy poco que Seamus
pensaba que Harry no estaba chiflado.
—¿Qué has dicho? —murmuró Ron acercando la cabeza a la de Harry y fingiendo que se servía un
poco de agua de la jarra que había en su mesilla de noche—. ¿Que eras Quien-tú-sabes?
—Sí —afirmó Harry en voz baja. Ron bebió un gran sorbo de agua que no necesitaba y Harry vio que
se le derramaba por la barbilla y por el pecho.
—Harry —dijo mientras Dean y Seamus iban de aquí para allá haciendo ruido, quitándose las túnicas y
hablando entre ellos—, tienes que contárselo…
—No tengo que contárselo a nadie —le contradijo su amigo de manera cortante—. No habría visto
nada de todo eso si supiera hacer Oclumancia. Se supone que he aprendido a no tener esas visiones.
Eso es precisamente lo que quieren.
Con el «quieren» se refería a Dumbledore. Se metió de nuevo en la cama y se tumbó sobre un costado,
dándole la espalda a Ron; al cabo de un rato, oyó crujir el colchón de su amigo, que también se había
acostado. Entonces a Harry empezó a arderle la cicatriz y mordió con fuerza la almohada para no hacer
ningún ruido. Sabía que en algún lugar estaban castigando a Avery.
Al día siguiente, Harry y Ron esperaron hasta la hora del recreo para contarle a Hermione lo que había
pasado; querían estar completamente seguros de que nadie los oiría. De pie en su rincón de siempre del
frío y ventoso patio, Harry le relató su sueño con todos los detalles que pudo recordar. Cuando hubo
terminado, su amiga no dijo nada durante unos momentos; se quedó mirando fijamente a Fred y
George, que se paseaban sin cabeza por el otro extremo del patio mientras vendían los sombreros
mágicos que llevaban escondidos debajo de las capas.
—Así que es por eso por lo que lo mataron —comentó entonces con voz queda, y apartó por fin la vista
de los gemelos—. Cuando Bode intentaba robar esa arma, le ocurrió algo raro. Supongo que, para
impedir que la toquen, debe de tener hechizos defensivos encima o alrededor de ella. Por eso Bode
estaba en San Mungo, porque tenía el cerebro afectado y no podía hablar. Pero ¿os acordáis de lo que
nos dijo la sanadora? Aseguró que se estaba recuperando. Y ellos no podían arriesgarse a que se
recuperara del todo, ¿no? Quiero decir que la conmoción o lo que fuera que sufrió Bode al tocar esa
arma, seguramente provocó que la maldición Imperius dejara de ejercer efecto sobre él. En cuanto
recobrara la voz, explicaría lo que había estado haciendo, ¿verdad? Se habría sabido que lo habían
enviado a robar el arma. A Lucius Malfoy debió de resultarle fácil echarle la maldición porque se pasa
la vida en el Ministerio, ¿no es así?
—Hasta estaba por allí el día que se celebró mi vista —comentó Harry—. En el… Un momento —dijo
lentamente—. ¡Aquel día estaba en el pasillo del Departamento de Misterios! Tu padre, Ron, comentó
que era probable que estuviera intentando colarse allí abajo y averiguar qué había pasado en mi vista,
pero ¿y si…?
—¡Sturgis! —exclamó Hermione con un grito ahogado de estupefacción.
—¿Cómo dices? —preguntó Ron sin comprender.
—¡A Sturgis Podmore lo detuvieron por intentar colarse por una puerta! —exclamó Hermione con voz
entrecortada—. ¡Lucius Malfoy también debió de echarle una maldición a él! Apuesto algo a que lo
hizo el día que tú lo viste allí, Harry. Sturgis llevaba la capa de Moody, ¿verdad? ¿Y si estaba plantado
junto a la puerta, manteniéndose invisible, y Malfoy lo oyó moverse, o adivinó que había alguien allí, o
sencillamente lanzó la maldiciónImperiuspara ver si por casualidad había un vigilante apostado en
aquel lugar? Y en cuanto a Sturgis se le presentó una ocasión, probablemente cuando volvió a tocarle
montar guardia, intentó entrar en el Departamento para robar el arma para Voldemort… Tranquilo,
Ron… Pero lo pillaron y lo enviaron a Azkaban… —Hermione miró fijamente a Harry—. ¿Y ahora
Rookwood le ha explicado a Voldemort cómo conseguir el arma?
—No oí toda la conversación, pero eso fue lo que me pareció —confirmó Harry—. Rookwood
trabajaba allí… ¿Y si Voldemort envía a Rookwood a robarla?
Hermione asintió con la cabeza, abstraída. De repente dijo:
—Pero no debiste ver nada de todo eso, Harry.
—¿Qué? —dijo él sin comprender.
—Se supone que estás aprendiendo a cerrar tu mente a esas cosas —comentó Hermione con severidad.
—Ya lo sé, pero…
—Mira, creo que deberíamos intentar olvidar lo que has visto —añadió Hermione con firmeza—. Y a
partir de ahora también deberías poner un poco más de empeño en las clases de Oclumancia.
Harry se enfadó tanto con ella que no le dirigió la palabra durante el resto del día, que nuevamente
resultó ser un asco. Cuando en los pasillos no se comentaba el tema de los mortífagosfugados, la gente
se reía de la pésima actuación de los de Gryffindor en su partido contra Hufflepuff, y los de Slytherin
cantaron «A Weasley vamos a coronar» tan fuerte y tan a menudo que, antes de que el sol se pusiera,
Filch, harto de la cancioncilla, la había prohibido.
La situación no mejoró con el paso de los días. Harry recibió otras dos D en Pociones; todavía estaba
en ascuas por si despedían a Hagrid, y no podía dejar de pensar en el sueño en que él era Voldemort,
aunque no volvió a hablar sobre ello ni con Ron ni con Hermione porque no quería que su amiga
volviera a regañarlo. Le habría encantado hablar de aquel tema con Sirius, pero eso estaba descartado,
así que intentó confinar el asunto a lo más recóndito de su mente.
Aunque, por desgracia, lo más recóndito de su mente había dejado de ser un lugar seguro.
—Levántate, Potter.
Un par de semanas después de soñar con Rookwood, Harry volvía a estar arrodillado en el suelo del
despacho de Snape, intentando vaciar su mente. Snape acababa de obligarlo una vez más a revivir un
caudal de recuerdos muy antiguos que él ni siquiera era consciente de conservar, y la mayoría estaban
relacionados con humillaciones que le habían infligido Dudley y sus compinches en la escuela
primaria.
—¿Qué era ese último recuerdo? —preguntó Snape.
—No lo sé —contestó Harry, y se puso en pie cansinamente. Cada vez le resultaba más difícil
desenredar los recuerdos del torrente de imágenes y sonidos que Snape le hacía evocar—. ¿Ese en que
mi primo intentaba que metiera los pies en el retrete?
—No —dijo el profesor en voz baja—. Me refiero al del hombre arrodillado en medio de una
habitación en penumbra.
—No es… nada —mintió Harry.
Snape taladró al muchacho con sus oscuros ojos, pero éste, recordando el comentario del profesor de
que el contacto visual era indispensable para la Legeremancia, parpadeó y desvió la mirada.
—¿Qué hacen ese hombre y esa habitación dentro de tu cabeza, Potter? —insistió Snape.
—Sólo es… —balbuceó él mirando a todas partes menos a Snape—, sólo es… un sueño que tuve.
—¿Un sueño? —Hubo una pausa durante la cual Harry fijó la vista en una gran rana muerta que flotaba
en un tarro lleno de un líquido de color morado—. Sabes por qué estamos aquí, ¿verdad, Potter? —le
preguntó Snape con voz débil pero amenazadora—. Sabes por qué estoy sacrificando mi tiempo libre y
realizo esta tediosa tarea, ¿no?
—Sí —contestó Harry fríamente.
—Recuérdame por qué estamos aquí, Potter.
—Para que pueda aprender Oclumancia —repuso él mientras miraba una anguila muerta, desafiante.
—Correcto, Potter. Y pese a lo torpe que eres —Harry miró con odio a Snape—, creía que después de
más de dos meses de clases habrías progresado algo. ¿Cuántos sueños más sobre el Señor Tenebroso
has tenido?
—Sólo ése —mintió.
—A lo mejor —prosiguió Snape entrecerrando ligeramente sus fríos y oscuros ojos—, a lo mejor
resulta que te gusta tener esas visiones y esos sueños, Potter. Tal vez hacen que te sientas especial,
importante…
—No —repuso Harry con las mandíbulas apretadas y los dedos fuertemente cerrados alrededor de su
varita mágica.
—Me alegro, Potter —dijo Snape con frialdad—, porque no eres ni especial ni importante, y no te
corresponde a ti averiguar qué dice el Señor Tenebroso a susmortífagos.
—No, eso le corresponde a usted, ¿verdad? —le espetó Harry.
Lo dijo sin querer, las palabras salieron por su boca impulsadas por la rabia que sentía. Se miraron
fijamente; Harry estaba convencido de que había ido demasiado lejos. Pero cuando Snape habló, lo
hizo con una expresión curiosa, casi de satisfacción.
—Sí, Potter —afirmó, y sus ojos destellaron—. Ese es mi trabajo. Y ahora, si estás preparado,
volveremos a empezar. —Snape levantó la varita y dijo—: Uno, dos, tres,¡Legeremens!
Un centenar de dementores se abatían sobre Harry cruzando el lago de los jardines de Hogwarts…
Harry hizo una mueca de concentración… Cada vez estaban más cerca… Veía los oscuros agujeros que
había bajo sus capuchas… Y, sin embargo, también veía a Snape enfrente de él, que lo observaba con
atención al mismo tiempo que murmuraba por lo bajo… Y la imagen de Snape cada vez era más clara,
y la de losdementoresmás débil…
Harry levantó su varita.
—¡Protego!
Snape se tambaleó, su varita saltó por los aires, lejos de Harry, y de pronto la mente del chico se llenó
de recuerdos que no eran suyos: un hombre de nariz aguileña gritaba a una mujer que se encogía de
miedo, mientras un niño de cabello oscuro lloraba en un rincón… Un adolescente de cabello grasiento
estaba sentado, solo, en un oscuro dormitorio, y apuntaba al techo con su varita mágica para matar
moscas… Una muchacha reía mientras un chico escuálido intentaba montar en una escoba que no
paraba de dar sacudidas…
—¡BASTA!
Harry sintió como si lo hubieran empujado con fuerza por el pecho; dio unos pasos hacia atrás
tambaleándose, chocó contra una de las estanterías que cubrían las paredes del despacho de Snape, y
oyó que algo se rompía. El profesor temblaba ligeramente y estaba muy pálido.
Harry tenía la parte de atrás de la túnica mojada. Uno de los tarros que había en la estantería contra la
que había chocado se había roto, y el elemento viscoso que había dentro giraba como un remolino en el
líquido que se derramaba.
—¡Reparo!—exclamó Snape por lo bajo, y el tarro se selló de inmediato—. Bueno, Potter, veo que vas
mejorando… —Jadeando ligeramente, Snape enderezó elpensaderoen el que había vuelto a almacenar
algunos de sus pensamientos antes de iniciar la clase, como si quisiera comprobar que seguían allí—.
No recuerdo haberte dicho que utilizaras un encantamiento escudo, pero no cabe duda de que ha surtido
efecto…
Harry no dijo nada, pues tenía la impresión de que decir algo podría resultar peligroso. Estaba seguro
de que acababa de entrar en los recuerdos de Snape, y que había contemplado algunas escenas de su
infancia. Resultaba desconcertante pensar que aquel niño, que lloraba mientras veía cómo sus padres se
gritaban, estaba en esos momentos de pie ante él mirándolo con ojos llenos de odio.
—Volvamos a intentarlo —dijo Snape. Harry se estremeció de miedo; estaba a punto de pagar por lo
que acababa de pasar, estaba convencido de ello. Se colocaron de nuevo en sus posiciones, separados
por la mesa. Harry temía que esa vez le costara mucho más vaciar su mente.
—Contaré hasta tres —le avisó Snape, y levantó la varita una vez más—. Uno, dos… —Harry no tuvo
tiempo para prepararse e intentar vaciar su mente antes de que Snape gritara—:¡Legeremens!
Iba corriendo por el pasillo de paredes de piedra con antorchas hacia el Departamento de Misterios; la
puerta negra cada vez era más grande. Corría tanto que iba a chocar contra ella; estaba a pocos palmos
y volvía a ver aquella rendija de débil luz azulada.
¡La puerta se había abierto! Por fin había entrado por ella, y se encontraba en una sala circular de
paredes y suelo negros, iluminada por velas de llama azul, y había más puertas a su alrededor. Tenía
que seguir adelante, pero ¿cuál debía abrir?
—¡POTTER!
Harry abrió los ojos. Volvía a estar tumbado boca arriba, pero no recordaba cómo había llegado hasta
allí; jadeaba como si de verdad hubiera atravesado corriendo el pasillo del Departamento de Misterios,
hubiera entrado apresuradamente por la puerta negra y se hubiera encontrado en la sala circular.
—¡Explícate! —le ordenó Snape, que estaba plantado delante de él, furioso.
—No…, no sé qué ha pasado —dijo Harry con sinceridad al mismo tiempo que se levantaba. Tenía un
chichón en la parte de atrás de la cabeza, del golpe que se había dado contra el suelo, y sentía como si
tuviera fiebre—. Es la primera vez que lo veo. Ya se lo he dicho, he soñado otras veces con esa puerta,
pero nunca se había abierto…
—¡No te esfuerzas lo suficiente! —Por algún extraño motivo, Snape parecía aún más enojado de lo que
lo estaba hacía dos minutos, cuando Harry había visto los recuerdos del profesor—. Eres perezoso y
descuidado, Potter, no me extraña que el Señor Tenebroso…
—¿Puede decirme una cosa, señor? —lo interrumpió Harry con renovado ímpetu—. ¿Por qué llama a
Voldemort «Señor Tenebroso»? Sólo he oído a losmortífagosllamarlo así.
Snape despegó los labios e hizo una mueca de desdén, pero entonces se oyó gritar a una mujer fuera del
despacho.
El profesor levantó la cabeza y miró hacia el techo.
—¿Qué demonios…? —masculló. Harry oyó ruidos amortiguados que provenían, al parecer, del
vestíbulo. Snape miró alrededor, ceñudo—. ¿Has visto algo raro cuando venías hacia aquí, Potter?
Harry hizo un gesto negativo con la cabeza y la mujer volvió a gritar. Snape fue a grandes zancadas
hacia la puerta del despacho, con la varita en ristre, y salió. Tras vacilar unos instantes, el chico lo
siguió.
Los gritos, efectivamente, procedían del vestíbulo, y se hicieron más fuertes cuando Harry corrió hacia
la escalera de piedra. Cuando llegó al vestíbulo, lo encontró abarrotado: los estudiantes habían salido
en tropel del Gran Comedor, donde todavía se estaba sirviendo la cena, para ver qué pasaba; otros se
habían amontonado en la escalera de mármol. Harry se abrió paso a empujones entre un grupo de
alumnos de Slytherin, que eran muy altos, y vio que los curiosos habían formado un gran corro;
algunos estaban asombrados, y otros, incluso aterrados. La profesora McGonagall se hallaba enfrente
de Harry, al otro lado del vestíbulo, y daba la impresión de que lo que estaba viendo le producía un
débil mareo.
La profesora Trelawney estaba de pie en medio del vestíbulo, sosteniendo la varita en una mano y una
botella vacía de jerez en la otra, completamente enloquecida. Tenía el pelo de punta, las gafas se le
habían torcido, de modo que uno de los ojos aparecía más ampliado que el otro, y sus innumerables
chales y bufandas le colgaban desordenadamente de los hombros causando la impresión de que se le
habían descosido las costuras. En el suelo, junto a ella, había dos grandes baúles, uno de ellos volcado,
como si se lo hubieran lanzado desde la escalera. La profesora Trelawney miraba fijamente, con gesto
de terror, algo que Harry no distinguía, pero que al parecer estaba al pie de la escalera.
—¡No! —gritó la profesora Trelawney—. ¡NO! ¡Esto no puede ser! ¡No puede ser! ¡Me niego a
aceptarlo!
—¿No se imaginaba que iba a pasar esto? —preguntó una voz aguda e infantil con un deje de crueldad;
Harry, que se había desplazado un poco hacia la derecha, descubrió que la aterradora visión de la
profesora Trelawney no era ni más ni menos que la profesora Umbridge—. Pese a que es usted incapaz
de predecir ni siquiera el tiempo que hará mañana, debió darse cuenta de que su lamentable actuación
durante mis supervisiones, y sus nulos progresos, provocarían su despido.
—¡N-no p-puede! —bramó la profesora Trelawney, a quien las lágrimas le resbalaban por las mejillas
por detrás de sus enormes gafas—. ¡No p-puede despedirme! ¡Llevo d-dieciséis años aquí! ¡Hogwarts
es m-mi hogar!
—Era su hogar hasta hace una hora, en el momento en que el ministro de Magia firmó su orden de
despido —la corrigió la profesora Umbridge, y Harry sintió asco al ver que el placer le ensanchaba aún
más la cara de sapo mientras contemplaba cómo la profesora Trelawney, que lloraba
desconsoladamente, se desplomaba sobre uno de sus baúles—. Así que haga el favor de salir de este
vestíbulo. Nos está molestando.
Pero la profesora Umbridge se quedó donde estaba, regodeándose con la imagen de la profesora
Trelawney, que gemía, se estremecía y se mecía hacia delante y hacia atrás sobre su baúl en el
paroxismo del dolor. Harry oyó un sollozo amortiguado a su izquierda y giró la cabeza. Lavender y
Parvati lloraban en silencio, cogidas del brazo. Luego oyó pasos. La profesora McGonagall había
salido de entre los espectadores, había ido directamente hacia la profesora Trelawney y le estaba dando
firmes palmadas en la espalda al mismo tiempo que se sacaba un gran pañuelo de la túnica.
—Toma, Sybill, toma… Tranquilízate… Suénate con esto… No es tan grave como parece… No
tendrás que marcharte de Hogwarts…
—¿Ah, no, profesora McGonagall? —dijo la profesora Umbridge con una voz implacable, y dio unos
pasos hacia delante—. ¿Y se puede saber quién la ha autorizado para hacer esa afirmación?
—Yo —contestó una voz grave.
Las puertas de roble se habían abierto de par en par. Los estudiantes que estaban más cerca de ellas se
apartaron y Dumbledore apareció en el umbral. Harry no tenía ni idea de qué debía de haber estado
haciendo el director en los jardines, pero tenía un aire imponente allí plantado, como si lo enmarcara
una extraña neblina nocturna. Dumbledore dejó las puertas abiertas y avanzó, dando grandes zancadas
a través del corro de curiosos, hacia la profesora Trelawney, quien seguía temblando y llorando sobre
su baúl, con la profesora McGonagall a su lado.
—¿Usted, profesor Dumbledore? —se extrañó la profesora Umbridge con una risita particularmente
desagradable—. Me temo que no ha comprendido bien la situación. Aquí tengo —dijo, y sacó un rollo
de pergamino de la túnica— una orden de despido firmada por mí y por el ministro de Magia. Según el
Decreto de Enseñanza número veintitrés, la Suma Inquisidora de Hogwarts tiene poder para supervisar,
poner en periodo de prueba y despedir a cualquier profesor que en su opinión, es decir, la mía, no esté
al nivel exigido por el Ministerio de Magia. He decidido que la profesora Trelawney no da la talla, y la
he despedido.
Para gran sorpresa de Harry, Dumbledore siguió sonriendo. Miró a la profesora Trelawney, que no
dejaba de sollozar e hipar sobre su baúl, y dijo:
—Tiene usted razón, desde luego, profesora Umbridge. Como Suma Inquisidora, está en su perfecto
derecho de despedir a mis profesores. Sin embargo, no tiene autoridad para echarlos del castillo. Me
temo que la autoridad para hacer eso todavía la ostenta el director —dijo, e hizo una pequeña
reverencia—, y yo deseo que la profesora Trelawney siga viviendo en Hogwarts.
Al escuchar las palabras de Dumbledore, la profesora Trelawney soltó una risita nerviosa que no logró
disimular un hipido.
—¡No, no! ¡M-me m-marcharé, Dumbledore! M-me iré de Ho-Hogwarts y b-buscaré fortuna en otro
lugar…
—No —dijo Dumbledore, tajante—. Yo deseo que usted permanezca aquí, Sybill. —Se volvió hacia la
profesora McGonagall y añadió—: ¿Le importaría acompañar a Sybill arriba, profesora McGonagall?
—En absoluto —repuso ésta—. Vamos, Sybill, levántate…
La profesora Sprout salió apresuradamente de entre la multitud y agarró a la profesora Trelawney por el
otro brazo. Juntas la guiaron hacia la escalera de mármol pasando por delante de la profesora
Umbridge. El profesor Flitwick corrió tras ellas con la varita en ristre, gritó: «¡Baúl locomotor!»,y el
equipaje de la profesora Trelawney se elevó por los aires y la siguió escaleras arriba. El profesor
Flitwick cerraba la comitiva.
La profesora Umbridge no se había movido, y miraba de hito en hito a Dumbledore, que continuaba
sonriendo con benevolencia.
—¿Y qué piensa hacer cuando yo nombre a un nuevo profesor de Adivinación que necesitará las
habitaciones de la profesora Trelawney? —le preguntó la profesora Umbridge en un susurro que se oyó
por todo el vestíbulo.
—¡Ah, eso no supone ningún problema! —contestó Dumbledore en tono agradable—. Verá, ya he
encontrado a un nuevo profesor de Adivinación, y resulta que prefiere alojarse en la planta baja.
—¿Que ha encontrado…? —repitió la profesora Umbridge con voz chillona—. ¿Que usted ha
encontrado…? Permítame que le recuerde, profesor Dumbledore, que el Decreto de Enseñanza número
veintidós…
—El Ministerio sólo tiene derecho a nombrar un candidato adecuado en el caso de que el director no
consiga encontrar uno —la interrumpió Dumbledore—. Y me complace comunicarle que en esta
ocasión lo he conseguido. ¿Me permite que se lo presente?
Entonces se dio la vuelta hacia las puertas, que seguían abiertas y dejaban pasar la neblina. Harry oyó
ruido de cascos. Un murmullo de asombro recorrió el vestíbulo, y los que estaban más cerca de las
puertas se apartaron rápidamente; algunos hasta tropezaron con las prisas por abrir camino al recién
llegado.
A través de la niebla apareció un rostro que Harry ya había visto antes, una noche oscura y llena de
peligros, en el Bosque Prohibido: tenía el cabello rubio, casi blanco, y los ojos de un azul espectacular;
eran la cabeza y el torso de un hombre unidos al cuerpo de un caballo claro con la crin y la cola
blancas.
—Le presento a Firenze —le dijo Dumbledore alegremente a la perpleja profesora Umbridge—. Creo
que lo encontrará adecuado.
27
El centauro y el chivatazo
—Supongo que ahora lamentarás haberte dado de baja de Adivinación, ¿verdad, Hermione? —comentóParvati con una sonrisita de suficiencia.
Era la hora del desayuno, dos días después del despido de la profesora Trelawney, y Parvati se estaba
rizando las pestañas con la varita y examinaba el resultado en la parte de atrás de una cuchara. Aquella
mañana iban a tener la primera clase con Firenze.
—Pues no, la verdad —contestó Hermione con indiferencia mientras leíaEl Profeta—. Nunca me han
gustado los caballos.
Pasó la página del periódico y echó un vistazo a las columnas.
—¡No es un caballo, es un centauro! —exclamó Lavender, indignada.
—Un centauro precioso, por cierto —añadió Parvati.
—Ya, pero sigue teniendo cuatro patas —comentó Hermione fríamente—. Además, ¿vosotras dos no
estabais tan disgustadas porque habían despedido a la profesora Trelawney?
—¡Y lo estamos! —le aseguró Lavender—. Fuimos a verla a su despacho y le llevamos un ramo de
narcisos, y no eran de esos que graznan de la profesora Sprout, sino unos muy bonitos.
—¿Cómo está? —preguntó Harry.
—No muy bien, pobrecilla —respondió Lavender con compasión—. Se puso a llorar y dijo que
prefería marcharse para siempre del castillo a permanecer bajo el mismo techo que Dolores Umbridge,
y no me extraña, porque la profesora Umbridge ha sido muy cruel con ella, ¿no os parece?
—Tengo la sospecha de que la profesora Umbridge no ha hecho más que empezar a ser cruel —dijo
Hermione misteriosamente.
—Imposible —terció Ron, que se estaba zampando un gran plato de huevos con beicon—. No puede
volverse peor de lo que es.
—Ya verás, intentará vengarse de Dumbledore por haber nombrado a un nuevo profesor sin consultarlo
con ella —sentenció Hermione mientras cerraba el periódico—. Y más aún tratándose de un
semihumano. ¿Os fijasteis en la cara que puso al ver a Firenze?
Después de desayunar, Hermione fue a su clase de Aritmancia, y Harry y Ron siguieron a Parvati y
Lavender al vestíbulo, pues tenían clase de Adivinación.
—¿No hemos de subir a la torre norte? —preguntó Ron, desconcertado, al ver que Parvati no subía por
la escalera de mármol.
La chica lo miró desdeñosamente por encima del hombro.
—¿Cómo quieres que Firenze suba por esa escalerilla? Ahora las clases de Adivinación se imparten en
el aula once. Ayer pusieron una nota en el tablón de anuncios.
El aula once estaba en la planta baja, en el pasillo que salía del vestíbulo, al otro lado del Gran
Comedor. Harry sabía que era una de las aulas que no se utilizaban con regularidad, y que por eso en
ella reinaba cierto aspecto de descuido, como en un trastero o en un almacén. Por ese motivo, cuando
entró detrás de Ron y se encontró en medio del claro de un bosque, se quedó momentáneamente
atónito.
—Pero ¿qué…?
El suelo del aula estaba cubierto de musgo y en él crecían árboles; las frondosas ramas se abrían en
abanico hacia el techo y las ventanas, y la habitación estaba llena de sesgados haces de una débil luz
verde salpicada de sombras. Los alumnos que ya habían llegado al aula estaban sentados en el suelo,
apoyaban la espalda en los troncos de los árboles o en piedras, y se abrazaban las rodillas o tenían los
brazos cruzados firmemente sobre el pecho. Todos parecían muy nerviosos. En medio del claro, donde
no había árboles, estaba Firenze.
—Harry Potter —lo saludó el centauro y extendió una mano al verlo entrar.
—Ho-hola —contestó él, y le estrechó la mano al centauro, que lo miró sin parpadear con aquellos
asombrosos ojos azules suyos, pero no le sonrió—. Me alegro de verte.
—Y yo a ti —repuso Firenze inclinando su rubia cabeza—. Estaba escrito que volveríamos a
encontrarnos.
Harry reparó en que Firenze tenía la sombra de un cardenal con forma de herradura en el pecho. Al
volverse para sentarse con el resto de los alumnos en el suelo del aula, vio que todos lo miraban
sobrecogidos; al parecer, les había impresionado mucho que tuviera tan buenas relaciones con Firenze,
ante quien se sentían profundamente intimidados.
Tan pronto como se cerró la puerta y el último estudiante se hubo sentado en un tocón junto a la
papelera, Firenze hizo un amplio movimiento con un brazo abarcando la sala.
—El profesor Dumbledore ha tenido la amabilidad de arreglar esta aula para nosotros imitando mi
habitat natural —les explicó Firenze cuando todos estuvieron instalados—. Yo habría preferido impartir
estas clases en el Bosque Prohibido, que hasta el lunes pasado era mi hogar, pero no ha sido posible…
—Perdone…, humm…, señor —dijo Parvati entrecortadamente levantando una mano—, ¿por qué no
ha sido posible? Ya hemos estado allí con Hagrid y no nos da miedo.
—No es una cuestión del valor de los alumnos, sino de mi situación. No puedo regresar al bosque. Mi
manada me ha desterrado.
—¿Su manada? —se extrañó Lavender con un tono que denotaba confusión, y Harry comprendió que
se estaba imaginando un rebaño de vacas—. ¿Qué…? ¡Ah! —Entonces lo entendió—. ¿Hay más como
usted? —preguntó, atónita.
—¿Los crió Hagrid, como a los thestrals? —inquirió Dean con interés. Firenze giró lentamente la
cabeza hasta posar la mirada en Dean, quien se dio cuenta inmediatamente de que había hecho un
comentario muy ofensivo—. Bueno…, no quería… Es decir…, lo siento —se disculpó con un hilo de
voz,
—Los centauros no somos sirvientes ni juguetes de los humanos —declaró Firenze sin alterarse. Se
produjo una pausa, y entonces Parvati volvió a levantar la mano.
—Perdone, señor, ¿por qué lo han desterrado los otros centauros?
—Porque he accedido a trabajar para el profesor Dumbledore —respondió Firenze—. Ellos lo
consideran una traición a nuestra especie.
Entonces Harry recordó cómo, casi cuatro años atrás, el centauro Bane había insultado a Firenze por
dejar que Harry montara en él para ponerse a salvo llamándolo «vulgar mula». Harry también se
preguntó si habría sido Bane quien había pegado una coz a Firenze en el pecho.
—Empecemos —dijo el centauro.
Agitó su larga y blanca cola, levantó una mano hacia el toldo de hojas que tenían sobre las cabezas y
luego la bajó lentamente. La luz de la sala se atenuó inmediatamente, de modo que parecía que estaban
sentados en el claro de un bosque al anochecer, y aparecieron estrellas en el techo. Hubo exclamaciones
y gritos contenidos de asombro, y Ron dijo en voz alta: «¡Caramba!»
—Tumbaos en el suelo —les indicó Firenze con voz sosegada— y observad el cielo. En él está escrito,
para los que saben ver, el destino de nuestras razas. —Harry se echó sobre la espalda y miró al techo.
Una titilante estrella roja le hacía guiños desde lo alto—. Ya sé que en la clase de Astronomía habéis
estudiado los nombres de los planetas y de sus lunas —prosiguió Firenze con voz queda—, y que
habéis trazado la trayectoria de las estrellas por el firmamento. Los centauros llevamos siglos
desentrañando los misterios de esos movimientos. Nuestros hallazgos nos han demostrado que el futuro
se puede vislumbrar en el cielo…
—¡La profesora Trelawney nos daba Astrología! —exclamó Parvati levantando la mano—. Marte
causa accidentes, quemaduras y cosas así, y cuando forma un ángulo con Saturno, como ahora —trazó
un ángulo recto en el aire—, significa que hay que extremar las precauciones al manejar cosas
calientes…
—Eso son tonterías de los humanos —dijo Firenze con serenidad. La mano de Parvati descendió con
languidez—. Daños triviales, pequeños accidentes humanos —continuó el centauro, y sus cascos se
oyeron sobre el húmedo musgo del suelo—. En el contexto del universo, esas cosas no tienen más
relevancia que los correteos de las hormigas, y no les afectan los movimientos planetarios.
—La profesora Trelawney… —empezó a decir Parvati, dolida e indignada.
—… es un ser humano —la atajó Firenze escuetamente—. Y por lo tanto está cegada y coartada por las
limitaciones de vuestra especie.
Harry ladeó ligeramente la cabeza para mirar a Parvati, que parecía muy ofendida, como muchos de sus
compañeros.
—Quizá Sybill Trelawney pueda predecir, no lo sé —prosiguió Firenze, y Harry volvió a oír el susurro
de su cola mientras se paseaba ante ellos—, pero en general pierde el tiempo con esas estupideces
halagadoras que los humanos llamáis «leer el futuro». En cambio, yo estoy aquí para explicaros la
sabiduría de los centauros, que es impersonal e imparcial. Nosotros buscamos en el cielo las grandes
corrientes del mal y los cambios que a veces están escritos en él. Podemos tardar cien años en estar
seguros de lo que estamos viendo. —Firenze señaló la estrella roja que Harry tenía justo encima—. En
la década pasada vimos indicios de que los magos vivían un periodo de calma entre dos guerras. Marte,
el rey de la guerra, brilla intensamente sobre nosotros, lo cual sugiere que la batalla podría volver a
estallar pronto. Los centauros podemos intentar predecir cuándo sucederá quemando ciertas hierbas y
hojas, y observando el humo y las llamas…
Fue la clase más inusual a la que Harry había asistido jamás. Quemaron salvia y malva dulce en el
suelo, y Firenze los invitó a buscar ciertas formas y algunos símbolos en el acre humo que se
desprendía de las hierbas, pero no pareció que le preocupara ni lo más mínimo que ninguno de los
alumnos viera los signos que él describía. Contó que los humanos no eran muy buenos en aquel arte y
que los centauros habían tardado muchos años en dominarlo; concluyó diciendo que de todos modos
era una tontería poner demasiada fe en aquellas cosas, porque hasta los centauros se equivocaban a
veces al interpretarlas. Firenze no se parecía a ningún profesor humano que Harry hubiera tenido hasta
entonces. Daba la impresión de que su prioridad no era enseñarles lo que él sabía, sino hacerles
comprender que nada, ni siquiera los conocimientos de los centauros, era infalible.
—No se define mucho, ¿verdad? —comentó Ron en voz baja mientras apagaban el fuego de la malva
dulce—. A mí no me importaría saber algo más sobre esa guerra que está a punto de estallar.
Sonó la campana que había en el pasillo, junto a la puerta del aula, y todos se sobresaltaron; Harry
había olvidado por completo que todavía estaban dentro del castillo y habría jurado que estaba en el
Bosque Prohibido. Los alumnos salieron en fila con cara de perplejidad.
Harry y Ron se disponían a seguir a sus compañeros cuando Firenze dijo:
—Harry Potter, un momento, por favor.
Harry se dio la vuelta. El centauro avanzó un poco hacia él y Ron vaciló.
—Puedes quedarte —le dijo Firenze—. Pero cierra la puerta, por favor.
Ron se apresuró a obedecer.
—Harry Potter, eres amigo de Hagrid, ¿verdad? —le preguntó el centauro.
—Sí —afirmó él.
—Entonces dale este aviso de mi parte: sus intentos no están dando resultado. Más le valdría
abandonar.
—¿Sus intentos no están dando resultado? —repitió Harry sin comprender.
—Y más le valdría abandonar —puntualizó Firenze asintiendo con la cabeza—. Si pudiera avisaría yo
mismo a Hagrid, pero me han desterrado; no sería prudente por mi parte acercarme demasiado al
bosque precisamente ahora. Hagrid ya tiene bastantes problemas, y sólo le faltaría una batalla de
centauros.
—Pero… ¿qué es lo que intenta hacer Hagrid? —preguntó Harry con inquietud.
Firenze miró a Harry sin inmutarse.
—Últimamente Hagrid me ha prestado gran ayuda —contestó Firenze—, y hace mucho tiempo que se
ganó mi respeto por el cuidado que dedica a todas las criaturas vivientes. No voy a revelar su secreto.
Pero hay que hacerle entrar en razón. Sus intentos no están dando resultado. Díselo, Harry Potter. Que
pases un buen día.
La felicidad que Harry había sentido tras la publicación de la entrevista enEl Quisquillosoya se había
evaporado. El grisáceo mes de marzo dejó paso a un borrascoso abril, y la vida de Harry parecía
haberse convertido de nuevo en una larga serie de preocupaciones y problemas.
La profesora Umbridge había seguido asistiendo a todas las clases de Cuidado de Criaturas Mágicas, de
modo que a Harry le había resultado muy difícil transmitir a Hagrid la advertencia de Firenze. Por fin,
un día consiguió hacerlo fingiendo que había perdido su ejemplar de Animales fantásticos y dónde
encontrarlosy volvió sobre sus pasos cuando ya había terminado la clase. Al dar el mensaje de Firenze
a Hagrid, éste lo miró un momento con los hinchados y amoratados ojos como si se hubiera
sorprendido. Pero luego recobró la compostura.
—Firenze es un gran tipo —afirmó con brusquedad—, pero de esto no entiende nada. Mis intentos
están dando muy buenos resultados.
—¿Qué te traes entre manos, Hagrid? —le preguntó Harry poniéndose serio—. Tienes que andarte con
cuidado porque la profesora Umbridge ya ha despedido a la profesora Trelawney, y si quieres saber mi
opinión, creo que no va a haber quien la pare. Si se entera de que estás haciendo algo que no deberías,
te va a…
—Hay cosas más importantes que conservar el empleo —lo interrumpió Hagrid, aunque, cuando lo
dijo, le temblaron ligeramente las manos y se le cayó al suelo un cuenco lleno de excrementos de knarl
—. No sufras por mí, Harry. Y ahora vete, sé bueno.
Harry no tuvo más remedio que dejar a Hagrid recogiendo el estiércol del suelo de su cabaña, pero
mientras se dirigía hacia el castillo se sintió muy desanimado.
Entre tanto, los TIMOS cada vez estaban más cerca, algo que los profesores y Hermione seguían
recordando a los alumnos. Todos los de quinto estaban más o menos estresados, pero Hannah Abbott
fue la primera en recibir una pócima calmante de la señora Pomfrey, después de echarse a llorar durante
la clase de Herbología y afirmar, entre sollozos, que era demasiado tonta para aprobar los exámenes y
que quería marcharse cuanto antes del colegio.
Harry estaba convencido de que, de no haber sido por las reuniones del ED, se habría sentido
terriblemente desgraciado. A veces tenía la sensación de que sólo vivía para las horas que pasaba en la
Sala de los Menesteres; allí trabajaba duro, pero al mismo tiempo se divertía muchísimo y se
enorgullecía al contemplar a los otros miembros del ED y comprobar cuánto habían progresado. En
ocasiones Harry se preguntaba cómo reaccionaría la profesora Umbridge cuando los miembros del ED
recibieran un «Extraordinario» en susTIMOSde Defensa Contra las Artes Oscuras.
Por fin habían empezado a trabajar en los encantamientos patronus, que todos estaban deseando
practicar pese a que, como Harry insistía en recordarles, no era lo mismo lograr que un patronus
apareciera en medio de un aula intensamente iluminada y sin estar bajo ninguna amenaza, que
conseguir que apareciera si se tenían que enfrentar a algo similar a undementor .
—No seas aguafiestas —dijo Cho alegremente mientras contemplaba su plateadopatronuscon forma
de cisne, que volaba por la Sala de los Menesteres durante la última reunión antes de las vacaciones de
Pascua—. ¡Son tan bonitos!
—Lo que importa no es que sean bonitos —repuso Harry pacientemente—, sino que te protejan. Lo
que necesitamos es unboggarto algo parecido; así fue como aprendí yo: tuve que invocar un patronus
mientras elboggartse hacía pasar por undementor .
—¡Uy, qué miedo! —comentó Lavender, que disparaba bocanadas de humo por el extremo de su varita
—. ¡Y yo sigo… sin… conseguirlo! —añadió con enfado.
Neville también tenía problemas. Estaba muy concentrado, pero de la punta de su varita sólo salían
unas débiles volutas de humo plateado.
—Tienes que pensar en algo alegre —le recordó Harry.
—Ya lo intento —dijo Neville, desanimado; se estaba esforzando tanto que el sudor brillaba en su
redonda cara.
—¡Mira, Harry, creo que lo estoy logrando! —gritó Seamus, a quien Dean había llevado por primera
vez a una reunión delED—. ¡Mira…! ¡Oh, ha desaparecido! Pero ¡era una cosa peluda, Harry!
Elpatronusde Hermione, una reluciente nutria plateada, retozaba a su alrededor.
—Son bonitos, ¿verdad? —comentó la chica mirando al animal con cariño.
En ese momento la puerta de la Sala de los Menesteres se abrió y volvió a cerrarse. Harry se dio la
vuelta para ver quién había entrado, pero no vio a nadie. Tardó un instante en darse cuenta de que los
alumnos que estaban cerca de la puerta se habían quedado callados. Entonces algo le tiró de la túnica a
la altura de las rodillas. Miró hacia abajo y se llevó una sorpresa al ver a Dobby, el elfo doméstico, que
lo contemplaba desde debajo de los ocho gorros de lana que no se quitaba ni para dormir.
—¡Hola, Dobby! —exclamó Harry—. ¿Qué haces? ¿Qué pasa?
El elfo lo miraba con ojos desorbitados; estaba temblando de miedo. Los miembros delEDque estaban
más cerca de Harry se habían quedado mudos y todos contemplaban a Dobby. Los pocos patronusque
los alumnos habían conseguido se disolvieron en una neblina plateada, y la habitación quedó mucho
más oscura que antes.
—Harry Potter, señor… —chilló el elfo, que temblaba de pies a cabeza—. Harry Potter, señor… Dobby
ha venido a avisarlo…, pero a los elfos domésticos les han advertido que no digan…
Se lanzó de cabeza contra la pared. Harry, que conocía bien la costumbre de Dobby de autocastigarse,
intentó sujetarlo, pero el elfo rebotó en la piedra, protegido por sus ocho gorros. Hermione y algunas
chicas soltaron gritos de miedo y pena.
—¿Qué ha pasado, Dobby? —le preguntó Harry mientras lo agarraba por el delgado brazo y lo
apartaba de cualquier cosa con la que pudiera intentar hacerse daño.
—Harry Potter, ella…, ella…
Dobby se golpeó fuertemente la nariz con el puño que tenía libre y Harry se lo sujetó también.
—¿Quién es «ella», Dobby?
Aunque Harry creía que sabía de quién se trataba; sólo había una persona que pudiera inspirarle tanto
temor a Dobby. El elfo levantó la cabeza, lo miró poniéndose un poco bizco y movió los labios, pero
sin articular ningún sonido.
—¿La profesora Umbridge? —preguntó Harry, horrorizado. Dobby asintió, y a continuación intentó
golpearse la cabeza contra las rodillas de Harry, pero él estiró los brazos y lo mantuvo alejado de su
cuerpo—. ¿Qué pasa con ella, Dobby? ¿Estás insinuando que ha descubierto esta…, que nosotros…, el
ED? —Leyó la respuesta en el afligido rostro del elfo. Como Harry seguía sujetándole las manos,
Dobby intentó darse una patada y cayó al suelo de rodillas—. ¿Viene hacia aquí? —inquirió Harry
rápidamente.
Dobby soltó un alarido y exclamó:
—¡Sí, Harry Potter, sí!
Harry se enderezó y echó un vistazo a los inmóviles y aterrados alumnos que miraban al elfo, que no
paraba de retorcerse.
—¿A QUÉ ESPERÁIS?—gritó—.¡CORRED!
Entonces todos salieron disparados hacia la puerta, formando una marabunta, y empezaron a marcharse
precipitadamente de la sala. Harry los oyó correr por los pasillos y confió en que tuvieran la prudencia
de no intentar llegar hasta sus dormitorios. Sólo eran las nueve menos diez; ojalá se refugiaran en la
biblioteca o en la lechucería, que quedaban más cerca…
—¡Vamos, Harry! —gritó Hermione desde el centro del grupo de alumnos que peleaban por salir.
Harry levantó en brazos a Dobby, que todavía intentaba lastimarse, y corrió con él para unirse a sus
compañeros.
—Dobby, esto es una orden: baja a la cocina con los otros elfos, y si ella te pregunta si me has avisado,
miente y di que no —dijo Harry—. ¡Y te prohibo que te hagas daño! —añadió, y cuando por fin cruzó
el umbral, soltó al elfo y cerró la puerta tras él.
—¡Gracias, Harry Potter! —chilló Dobby, y echó a correr a toda pastilla.
Harry miró a derecha e izquierda; los otros corrían tanto que sólo alcanzó a ver un par de talones que
doblaban cada una de las esquinas del pasillo antes de desaparecer; él se dirigió velozmente hacia la
derecha; un poco más allá había un lavabo de chicos, y si conseguía llegar hasta él podría fingir que
había estado allí todo el tiempo…
—¡AAAYYY!
Algo se había enroscado en sus tobillos, y Harry cayó estrepitosamente al suelo y resbaló boca abajo
unos dos metros antes de detenerse. Oyó que alguien reía detrás de él. Se colocó boca arriba y vio a
Malfoy escondido en una hornacina, bajo un espantoso jarrón con forma de dragón.
—¡Embrujo zancadilla, Potter! —dijo—. ¡Eh, profesora!¡PROFESORA!¡Ya tengo a uno!
La profesora Umbridge apareció jadeando por un extremo del pasillo, pero con una sonrisa de placer en
los labios.
—¡Es él! —exclamó con júbilo al ver a Harry en el suelo—. ¡Excelente, Draco, excelente! ¡Muy bien!
¡Cincuenta puntos para Slytherin! Voy a sacarlo de aquí… ¡Levántate, Potter! —Harry se puso en pie y
los miró con odio a los dos. Jamás había visto tan feliz a la profesora Umbridge, que lo agarró
fuertemente por un brazo y se volvió, sonriendo de oreja a oreja, hacia Malfoy—. Corre a ver si atrapas
a unos cuantos más, Draco —le ordenó—. Di a los otros que busquen en la biblioteca, a ver si
encuentran a alguien que se haya quedado sin aliento. Mirad en los lavabos, la señorita Parkinson
puede encargarse del de las chicas. ¡Deprisa! Y tú —añadió adoptando un tono aún más amenazador de
lo habitual, mientras Malfoy se alejaba—, tú vas a venir conmigo al despacho del director, Potter.
Al cabo de unos minutos estaban frente a la gárgola de piedra. A Harry le habría gustado saber a
cuántos más habían atrapado. Pensó en Ron (la señora Weasley iba a matarlo) y en cómo se sentiría
Hermione si la expulsaban antes de que pudiera hacer sus TIMOS. Y aquélla había sido la primera
reunión de Seamus… Y Neville estaba mejorando tanto…
—¡Meigas fritas! —entonó la profesora Umbridge; la gárgola de piedra se apartó de un brinco, la pared
que había detrás se abrió y Harry y la bruja subieron por la escalera móvil de piedra.
Enseguida llegaron a la brillante puerta con la aldaba en forma de grifo, pero la profesora Umbridge no
se tomó la molestia de llamar, sino que entró directamente en el despacho dando grandes zancadas y sin
soltar a Harry.
El despacho estaba lleno de gente. Dumbledore estaba sentado detrás de su mesa, con expresión serena
y con las yemas de los largos dedos juntas. La profesora McGonagall estaba de pie, inmóvil, a su lado,
con un aspecto muy tenso. Cornelius Fudge, ministro de Magia, se balanceaba hacia delante y hacia
atrás sobre las puntas de los pies, junto al fuego, inmensamente complacido, al parecer, con la
situación; Kingsley Shacklebolt y un mago de aspecto severo con pelo canoso, áspero y muy corto, al
que Harry no reconoció, estaban situados a ambos lados de la puerta, como dos guardianes, y Percy
Weasley, pecoso y con gafas, como siempre, andaba nervioso de un lado para otro junto a la pared con
una pluma y un grueso rollo de pergamino en las manos, preparado para tomar notas.
Esa noche los retratos de antiguos directores y directoras no se hacían los dormidos. Todos estaban
alerta y muy serios observando lo que ocurría en el despacho. Cuando entró Harry, unos cuantos
saltaron a los cuadros vecinos e hicieron comentarios al oído de sus ocupantes.
Harry se soltó de la profesora Umbridge en cuanto la puerta se cerró tras ellos. Cornelius Fudge lo
fulminó con la mirada; la expresión de su rostro denotaba una especie de cruel satisfacción.
—Vaya, vaya —dijo.
Harry respondió con la mirada más asesina de que fue capaz. El corazón le latía con violencia en el
pecho, pero tenía la mente fría y clara.
—Potter volvía a la torre Gryffindor —explicó la profesora Umbridge. Había un deje de indecente
emoción en su voz, el mismo placer cruel que Harry había detectado en la voz de la bruja mientras veía
llorar a lágrima viva a la profesora Trelawney en el vestíbulo—. Malfoy lo ha acorralado.
—¿Ah, sí? —dijo Fudge, agradecido—. Que no me olvide de decírselo a Lucius. Bueno, Potter…
Supongo que ya sabes por qué estás aquí.
Harry estaba decidido a responder con un desafiante «Sí»; había despegado los labios y estaba a punto
de pronunciar aquella palabra cuando vio la cara de Dumbledore. El director no miraba directamente a
Harry, sino que tenía los ojos fijos en un punto situado sobre sus hombros, pero, cuando el muchacho lo
observó, el director movió un milímetro la cabeza hacia uno y otro lado. Harry se corrigió justo a
tiempo:
—S… No.
—¿Cómo dices? —preguntó Fudge.
—No —repitió Harry con firmeza.
—¿No sabes por qué estás aquí?
—No, no lo sé —declaró Harry.
Fudge miró con incredulidad a la profesora Umbridge. Harry aprovechó aquel momento de distracción
del ministro para desviar fugazmente la mirada hacia Dumbledore, quien, con los ojos fijos en la
alfombra, hizo un levísimo movimiento afirmativo con la cabeza y un breve guiño.
—De modo que no tienes ni idea de por qué la profesora Umbridge te ha traído a este despacho —
prosiguió Fudge con una voz cargada de sarcasmo—. ¿No eres consciente de haber violado ninguna
norma del colegio?
—¿Norma del colegio? —se extrañó Harry—. No.
—¿Ni ningún decreto ministerial? —puntualizó Fudge con enojo.
—Que yo sepa, no —contestó él con suavidad. El corazón seguía latiéndole muy deprisa. Valía la pena
decir aquellas mentiras sólo para observar cómo a Fudge le aumentaba la presión sanguínea, pero Harry
no veía cómo demonios iba a salirse con la suya; si alguien le había dado un chivatazo a la profesora
Umbridge y le había hablado delED, él, que era el líder, ya podía empezar a preparar su baúl.
—Entonces, ¿no sabes que hemos descubierto una organización estudiantil ilegal en este colegio? —
continuó Fudge con una voz cargada de profunda ira.
—No, no lo sabía —aseguró Harry fingiendo inocencia y sorpresa; pero la expresión de su cara no
resultaba muy convincente.
—Creo, señor ministro —intervino la profesora Umbridge con voz melosa—, que ahorraríamos tiempo
si fuera a buscar a nuestra informadora.
—Sí, sí, claro —afirmó Fudge, y miró maliciosamente a Dumbledore mientras la bruja salía del
despacho—. No hay nada como un buen testigo, ¿verdad, Dumbledore?
—Nada, Cornelius —dijo el director con gravedad, e inclinó la cabeza.
Esperaron unos minutos, y durante ese tiempo nadie miró a nadie; entonces Harry oyó que la puerta se
abría detrás de él. La profesora Umbridge entró en el despacho y pasó por su lado, sujetando por el
hombro a Marietta, la amiga de pelo rizado de Cho, que se tapaba la cara con las manos.
—No tengas miedo, querida, no pasa nada —le aseguró la profesora Umbridge con ternura, dándole
unas palmaditas en la espalda—. Tranquila, tranquila. Has hecho lo que tenías que hacer. El ministro
está muy contento contigo. Le dirá a tu madre lo bien que te has portado. La madre de Marietta, señor
ministro —añadió dirigiéndose a Fudge—, es Madame Edgecombe, del Departamento de Transportes
Mágicos, Oficina de la Red Flu. Ha sido ella quien nos ha ayudado a vigilar las chimeneas de
Hogwarts.
—¡Estupendo, estupendo! —exclamó Fudge, entusiasmado—. De tal palo, tal astilla, ¿eh? Bueno,
querida, mírame, no seas tímida. Cuéntanos qué es lo que… ¡Gárgolas galopantes!
Cuando Marietta levantó la cabeza, Fudge pegó un salto hacia atrás, horrorizado, y estuvo a punto de
caer al fuego de la chimenea. Maldijo en voz alta y le tuvo que dar un pisotón al dobladillo de su capa,
que había empezado a humear. Marietta soltó un gemido y se levantó el cuello de la túnica hasta la
altura de los ojos, pero todos habían visto ya que tenía la cara completamente desfigurada por una
apretada franja de pústulas moradas que le cubrían la nariz y las mejillas formando la palabra
«CHIVATA».
—Ahora no te preocupes por los granos, querida —dijo la profesora Umbridge con impaciencia—.
Quítate la túnica de la boca y cuéntale al ministro… —Pero Marietta emitió otro amortiguado gemido y
movió con energía la cabeza haciendo un gesto negativo—. Está bien, boba, ya se lo contaré yo —le
espetó la profesora, quien volvió a dibujar su repugnante sonrisa y dijo—: Verá, señor ministro, la
señorita Edgecombe ha venido a mi despacho esta noche, poco después de la cena, y me ha
comunicado que tenía que contarme una cosa. Me ha dicho que si iba a una sala secreta que hay en el
séptimo piso, conocida como la Sala de los Menesteres, descubriría algo que me convenía saber. Le he
formulado unas cuantas preguntas y ella ha reconocido que allí iba a celebrarse una especie de reunión.
Desgraciadamente, en ese preciso instante ha entrado en funcionamiento este maleficio —señaló con
desdén la cara tapada de Marietta—, y al verse la cara en mi espejo, la niña se ha alterado tanto que no
ha podido explicarme nada más.
—Muy bien —dijo Fudge, y dirigió a Marietta una mirada que pretendía ser amable y paternal—, has
sido muy valiente, querida, yendo a contárselo a la profesora Umbridge. Has hecho precisamente lo que
tenías que hacer. Y ahora, ¿quieres explicarme qué ha pasado en esa reunión? ¿Cuál era su propósito?
¿Quién participaba en ella? —Pero Marietta, que tenía los ojos muy abiertos y cara de susto, se negó a
hablar y se limitó a negar de nuevo con la cabeza—. ¿No tenemos ningún contraembrujo para esto? —
le preguntó Fudge a la profesora Umbridge, impaciente, señalando el rostro de Marietta—. ¿Para que
podamos hablar con libertad?
—Todavía no lo he encontrado —admitió de mala gana la profesora Umbridge, y Harry se sintió
orgulloso del dominio que Hermione tenía de los embrujos—. Pero no importa que la niña no quiera
hablar. Yo puedo relatar el resto de la historia. Como recordará, señor ministro, en octubre le envié un
informe en el que explicaba que Potter se había reunido con unos cuantos compañeros suyos en el pub
Cabeza de Puerco de Hogsmeade…
—¿Y qué pruebas tiene de eso? —la interrumpió la profesora McGonagall.
—Tengo el testimonio de Willy Widdershins, Minerva, que casualmente se encontraba en el pub en ese
momento. Iba vendado de pies a cabeza, no lo niego, pero eso no le impedía oír —respondió la
profesora Umbridge con petulancia—. Oyó todo lo que dijo Potter y se apresuró a venir al colegio para
contarme…
—¡Ah, de modo que por eso no lo procesaron por poner los inodoros regurgitantes! —se indignó la
profesora McGonagall arqueando las cejas—. ¡Qué gran ejemplo del funcionamiento de nuestro
sistema judicial!
—¡Escándalo! ¡Corrupción! —bramó el retrato del mago corpulento de nariz roja que estaba colgado
en la pared detrás de la mesa de Dumbledore—. ¡En mis tiempos el Ministerio no hacía tratos con
pequeños delincuentes, no, señor!
—Gracias, Fortescue, ya basta —dijo Dumbledore con voz queda.
—El propósito de la reunión de Potter con esos estudiantes —continuó la profesora Umbridge— era
convencerlos de que entraran a formar parte de una asociación ilegal, cuyo objetivo era estudiar
hechizos y maldiciones que el Ministerio ha catalogado de inapropiados para su edad…
—Creo que comprobará que en eso se equivoca, Dolores —terció Dumbledore con serenidad mientras
la miraba por encima de las gafas de media luna, que se le apoyaban hacia la mitad de la torcida nariz.
Harry observó al director. No veía cómo Dumbledore iba a salvarlo de aquel lío; si era verdad que
Willy Widdershins había oído todo lo que él había dicho en Cabeza de Puerco, no tenía escapatoria.
—¡Aja! —explotó Fudge, que volvía a balancearse sobre la punta de los pies—. ¡Sí, oigamos el último
cuento chino pensado para sacarle las castañas del fuego a Potter! Adelante, Dumbledore, adelante…
Willy Widdershins mintió, ¿no? ¿O era el gemelo de Potter el que estaba en Cabeza de Puerco aquel
día? ¿O esta vez hay también una sencilla explicación en la que intervienen una inversión en el tiempo,
un muerto que resucita y un par dedementoresinvisibles?
Percy Weasley soltó una sonora carcajada.
—¡Muy bueno, señor ministro, muy bueno! —exclamó.
A Harry le habría encantado pegarle una patada. Entonces percibió, para su gran asombro, que
Dumbledore también sonreía discretamente.
—Cornelius, no voy a negar, y estoy seguro de que Harry tampoco, que él estuvo en Cabeza de Puerco
aquel día, ni que intentaba reclutar a estudiantes para formar un grupo para aprender hechizos y
maldiciones. Me limitaba a señalar que Dolores se equivoca al afirmar que el grupo era ilegal en ese
momento. Si haces memoria recordarás que el decreto ministerial que prohibía toda asociación
estudiantil no entró en vigor hasta dos días después de que Harry celebrara esa reunión en Hogsmeade,
y por lo tanto en Cabeza de Puerco no se violó ninguna norma.
Percy se quedó como si le hubieran tirado un cubo de agua helada por la cabeza. Fudge, por su parte, se
quedó inmóvil a medio balanceo con la boca abierta.
La profesora Umbridge fue la primera en recuperarse.
—Todo eso está muy bien, señor director —dijo con una dulce sonrisa—, pero ya han pasado casi seis
meses desde la entrada en vigor del Decreto de Enseñanza número veinticuatro. Aunque la primera
reunión no fuera ilegal, sí lo han sido las que se han celebrado posteriormente.
—Bueno —admitió Dumbledore mirándola con educación e interés por encima de los entrelazados
dedos—, lo serían, en efecto, si hubieran continuado después de la entrada en vigor del decreto. ¿Tiene
usted alguna prueba de que esas reuniones hayan seguido celebrándose?
Mientras Dumbledore hablaba, Harry oyó un murmullo detrás de él y como si Kingsley susurrara.
Habría jurado que también notaba algo que le rozaba el costado, algo muy suave, como una corriente
de aire o un ala, pero miró hacia abajo y no vio nada.
—¿Alguna prueba? —repitió la profesora Umbridge con aquella espantosa y ancha sonrisa de sapo—.
¿Acaso no nos ha estado escuchando, Dumbledore? ¿Por qué cree que hemos llamado a la señorita
Edgecombe?
—Ah, ¿es que puede hablarnos ella de seis meses de reuniones? —preguntó Dumbledore arqueando las
cejas—. Tenía la impresión de que sólo nos estaba informando sobre una reunión que se celebraba esta
noche.
—Señorita Edgecombe —se apresuró a decir la profesora Umbridge—, dinos desde cuándo se celebran
esas reuniones, querida. Si quieres puedes limitarte a negar o a afirmar con la cabeza, estoy segura de
que eso no hará que te salgan más granos. ¿Se han celebrado regularmente durante los seis últimos
meses? —A Harry se le encogió el estómago. Ya estaba, habían llegado a un callejón sin salida, y ni
siquiera Dumbledore iba a poder deshacer aquella sólida prueba en su contra— Di sí o no con la
cabeza, querida —le indicó persuasivamente la profesora Umbridge a Marietta—. Ánimo, eso no
reactivará el embrujo.
Todos los presentes miraron la parte superior de la cara de Marietta. Sólo se le veían los ojos, entre la
túnica levantada y el rizado flequillo. Quizá fuera un efecto de la luz del fuego de la chimenea, pero sus
ojos tenían una expresión ausente. Y entonces, para gran sorpresa de Harry, Marietta negó con la
cabeza.
La profesora Umbridge miró rápidamente a Fudge y luego volvió a mirar a Marietta.
—Creo que no has entendido bien la pregunta, ¿verdad, querida? Te estoy preguntando si has asistido a
esas reuniones durante los seis últimos meses. Sí, ¿verdad? —Marietta volvió a negar con la cabeza—.
¿Qué quieres decir con ese gesto? —inquirió la profesora Umbridge con mal genio.
—A mí me parece que está clarísimo —terció la profesora McGonagall con aspereza—. Que no ha
habido reuniones secretas en los seis últimos meses. ¿Es eso correcto, señorita Edgecombe?
Marietta asintió.
—Pero ¡esta noche ha habido una reunión! —gritó furiosa la profesora Umbridge—. ¡Ha habido una
reunión en la Sala de los Menesteres, tú misma me lo has dicho, Edgecombe! Y Potter era el jefe, ¿no?,
Potter la organizó, Potter… ¿Por qué sigues negando con la cabeza, niña?
—Bueno, normalmente, cuando alguien mueve la cabeza de un lado a otro significa «No» —apuntó la
profesora McGonagall con frialdad—. Así que, a menos que la señorita Edgecombe esté utilizando un
lenguaje de signos que los humanos todavía no conocemos…
La profesora Umbridge agarró a Marietta por los hombros, la hizo girar para colocarla frente a ella y
empezó a zarandearla con brusquedad. Dumbledore se puso en pie de inmediato con la varita
levantada; Kingsley dio un paso adelante y la profesora Umbridge soltó a la chica y se apartó de ella
agitando las manos, como si se las hubiera quemado.
—No puedo permitir que maltrate a mis alumnos, Dolores —afirmó Dumbledore, que, por primera vez,
parecía enfadado.
—Haga el favor de calmarse, Madame Umbridge —dijo Kingsley con su lenta y grave voz—. Supongo
que no querrá meterse en problemas, ¿no?
—Sí —dijo la profesora Umbridge, jadeante, y levantó la cabeza hacia la altísima figura de Kingsley
—. Es decir, no… Tiene razón, Shacklebolt, es que… he perdido el control.
Marietta se había quedado exactamente donde la profesora Umbridge la había soltado. No parecía
alterada por el repentino ataque de la profesora ni aliviada porque la hubiera soltado; seguía sujetando
el cuello de su túnica bajo sus ojos ausentes, y miraba fijamente hacia delante.
De pronto Harry tuvo una sospecha relacionada con el susurro de Kingsley y con aquella cosa que
había notado pasar a su lado.
—Dolores —dijo Fudge, como si intentara zanjar definitivamente el asunto—, la reunión de esta
noche, la que estamos seguros de que se ha celebrado…
—Sí —repuso la profesora Umbridge serenándose—, sí… Bueno, la señorita Edgecombe me avisó y
yo me dirigí de inmediato al séptimo piso, acompañada por ciertos alumnos dignos de confianza, para
sorprender a los que participaban en la reunión. Sin embargo, al parecer se los previno de mi visita,
porque, cuando llegamos al séptimo piso, los vimos correr por los pasillos en todas direcciones. Pero
no importa. Tengo sus nombres, pues pedí a la señorita Parkinson que entrara en la Sala de los
Menesteres para ver si se habían dejado algo allí. Necesitábamos pruebas, y la sala nos las ha
proporcionado. —Harry vio, horrorizado, cómo la profesora Umbridge se sacaba del bolsillo la lista de
nombres que habían colgado en la pared de la Sala de los Menesteres, y se la entregaba a Fudge—. En
cuanto vi el nombre de Potter en la lista comprendí de qué iba el asunto —añadió con voz queda.
—Excelente —dijo Fudge, y exhibió una sonrisa de oreja a oreja—. Excelente, Dolores. Y… ¡rayos y
truenos! —Miró a Dumbledore, que seguía de pie junto a Marietta, con la varita en la mano aunque sin
apretarla—. ¿Ha visto cómo se llaman? —comentó Fudge en voz baja—. «Ejército de Dumbledore.»
El director estiró un brazo y cogió el trozo de pergamino de las manos de Fudge. Dio un vistazo al
título que Hermione había escrito meses atrás y durante un momento pareció quedarse sin habla. Pero
luego levantó la cabeza con una sonrisa en los labios.
—Bueno, el juego ha terminado —afirmó con sencillez—. ¿Quiere una confesión mía firmada,
Cornelius, o bastará con una declaración ante estos testigos?
Harry vio que la profesora McGonagall y Kingsley se miraban. El miedo se reflejaba en sus caras. Y él
no entendía qué estaba pasando, como tampoco parecía entenderlo Fudge.
—¿Una declaración? —repitió el ministro lentamente—. Pero ¿qué…?
—Ejército de Dumbledore, Cornelius —dijo el director sin dejar de sonreír mientras agitaba la lista de
nombres ante la cara de Fudge—. Ejército de Potter no. Ejército de Dumbledore.
—Pero…, pero… —De pronto el rostro de Fudge se iluminó. Dio un paso hacia atrás, horrorizado,
gritó y volvió a apartarse de un brinco del fuego—. ¿Usted? —susurró mientras volvía a patear su
chamuscada capa.
—Exacto —afirmó Dumbledore con tono amable.
—¿Usted organizó esto?
—Así es —confirmó Dumbledore.
—¿Reclutó a estos alumnos para…, para su ejército?
—Esta noche teníamos que celebrar la primera reunión —afirmó Dumbledore asintiendo con la cabeza
—. Únicamente para preguntarles si les interesaría unirse a mí. Ahora me doy cuenta de que cometí un
error al invitar a la señorita Edgecombe, por supuesto.
Marietta asintió. Fudge la miró, y luego volvió a mirar a Dumbledore inspirando profundamente.
—¡Entonces es cierto que ha estado conspirando contra mí! —chilló.
—En efecto —admitió Dumbledore con desenfado.
—¡NO!—gritó Harry. Kingsley le lanzó una mirada de advertencia y la profesora McGonagall abrió
amenazadoramente los ojos, pero Harry acababa de comprender qué estaba a punto de hacer
Dumbledore, y no podía permitirlo—. ¡No, profesor Dumbledore!
—Cállate, Harry, o me temo que tendré que hacerte salir de mi despacho —le advirtió el director sin
alterarse.
—¡Sí, cállate, Potter! —rugió Fudge, que todavía se comía a Dumbledore con los ojos con una mezcla
de deleite y horror—. Vaya, vaya, he venido a Hogwarts creyendo que iba a expulsar a Potter, y resulta
que…
—Resulta que me detiene a mí —acabó la frase Dumbledore, sonriente—. Es como perder unknuty
encontrar un galeón, ¿verdad?
—¡Weasley! —gritó Fudge temblando de placer—. Weasley, ¿lo ha apuntado todo, todo lo que
Dumbledore ha dicho, su confesión? ¿Lo tiene todo?
—¡Sí, señor, creo que sí, señor! —contestó Percy con ímpetu. Tenía la nariz salpicada de tinta de lo
rápido que había tomado las notas.
—¿Lo de que intentaba formar un ejército contra el Ministerio y que se proponía desestabilizarme?
—¡Sí, señor, lo tengo, sí! —confirmó Percy, y revisó sus notas con regocijo.
—Muy bien —dijo Fudge, radiante de alegría—, entonces haga una copia de sus notas, Weasley, y
mándela cuanto antes aEl Profeta.¡Si enviamos una lechuza rápida podrán publicarla en la edición de
la mañana! —Percy salió a toda prisa del despacho y cerró la puerta tras él. Entonces el ministro se
volvió hacia Dumbledore—. ¡Ahora lo escoltarán hasta el Ministerio, donde será formalmente acusado,
y luego lo enviarán a Azkaban, donde permanecerá hasta el día del juicio!
—¡Ah, sí! —repuso el director sin alterarse—. Sí. Ya pensé que podíamos tropezamos con ese
problema.
—¿Problema? —se extrañó Fudge, cuya voz todavía vibraba de alegría—. ¡Yo no veo ningún
problema, Dumbledore!
—Pues bien —prosiguió éste como si se disculpara—, me temo que yo sí.
—¿Ah, sí?
—Verá, se trata únicamente de que parece engañarse usted pensando que voy a…, ¿cuál es la
expresión?…, entregarme sin oponer resistencia. Eso es, me temo que no voy a entregarme sin oponer
resistencia, Cornelius. No tengo ninguna intención de ser enviado a Azkaban. Podría fugarme de allí,
por supuesto, pero qué pérdida de tiempo, y francamente, se me ocurren un montón de cosas que
preferiría hacer en lugar de eso.
El rostro de la profesora Umbridge cada vez estaba más colorado; era como si se estuviera llenando de
agua hirviendo. Fudge miró a Dumbledore con cara de tonto, como si acabaran de asestarle un porrazo
y no pudiera creer del todo lo que había pasado. Emitió un ruidito ahogado y se volvió hacia Kingsley y
hacia el individuo de pelo canoso, áspero y corto, que era el único de los que se hallaban en el despacho
que había permanecido callado hasta entonces; este hombre le dedicó un gesto tranquilizador a Fudge y
dio un paso adelante separándose de la pared. Harry vio que se llevaba disimuladamente una mano
hacia un bolsillo.
—No seas necio, Dawlish —dijo Dumbledore con cordialidad—. Estoy seguro de que eres un
excelente auror , pues creo recordar que sacaste «Extraordinario» en todos tus ÉXTASIS, pero si
intentas… llevarme por la fuerza, tendré que hacerte daño.
El hombre que se llamaba Dawlish parpadeó como un tonto y volvió a mirar a Fudge, pero esta vez en
busca de una señal sobre lo que debía hacer a continuación.
—Así que pretende enfrentarse a Dawlish, a Shacklebolt, a Dolores y a mí sin ayuda de nadie —dijo
Fudge con desdén después de recuperarse—, ¿no es eso, Dumbledore?
—¡No, por las barbas de Merlín! —repuso el director, sonriente—. A menos que sea usted lo bastante
estúpido para obligarme a hacerlo.
—¡No se enfrentará a ustedes sin ayuda de nadie! —intervino la profesora McGonagall en voz alta, y
metió una mano dentro de su túnica.
—¡Ya lo creo, Minerva! —exclamó Dumbledore con vehemencia—. ¡Hogwarts la necesita!
—¡Basta de tonterías! —gritó Fudge, y sacó también su varita—. ¡Dawlish! ¡Shacklebolt! ¡Aprésenlo!
Un rayo de luz plateada recorrió la sala; se oyó una explosión, parecida a un disparo, y el suelo tembló;
una mano cogió a Harry por el pescuezo y lo obligó a tumbarse en el suelo al mismo tiempo que
estallaba un segundo destello de luz plateada; varios retratos gritaron, Fawkes chilló y una nube de
polvo llenó el despacho. Harry, que estaba tosiendo, vio una oscura figura que caía al suelo con un
fuerte estrépito ante él; se oyó un chillido y un topetazo, y alguien gritó «¡No!»; entonces se oyeron
también otros sonidos: ruido de cristales rotos, un frenético correteo, un gruñido… y silencio.
Harry giró la cabeza con dificultad para saber quién era el que lo estaba estrangulando, y vio a la
profesora McGonagall agachada a su lado; los había tirado al suelo a él y a Marietta para que no se
hicieran daño. Todavía había polvo flotando en el aire, y les caía suavemente sobre la cabeza. Harry,
que jadeaba un poco, distinguió una figura muy alta que avanzaba hacia ellos.
—¿Estáis todos bien? —preguntó Dumbledore.
—¡Sí! —contestó la profesora McGonagall, que se puso en pie y levantó a Harry y a Marietta.
El polvo se estaba dispersando y entonces empezaron a observar el caos que se había producido en el
despacho: la mesa de Dumbledore estaba volcada, así como las mesitas de patas delgadas, y los
instrumentos plateados habían quedado hechos añicos. Fudge, Umbridge, Kingsley y Dawlish estaban
tumbados, inmóviles, en el suelo.Fawkes, el fénix, volaba describiendo círculos sobre ellos y cantaba
débilmente.
—Por desgracia, he tenido que alcanzar a Kingsley con el maleficio, porque de otro modo habría
resultado sospechoso —dijo Dumbledore en voz baja—. Ha sido muy hábil al modificar la memoria de
la señorita Edgecombe cuando todos miraban hacia otro lado. ¿Querrá darle las gracias de mi parte,
Minerva? Bueno, no tardarán en despertar, y será mejor que no sepan que hemos podido comunicarnos.
Debéis comportaros como si no hubiera pasado el tiempo, como si sólo hubieran caído al suelo un
momento; ellos no recordarán…
—¿Adónde va a ir, Dumbledore? —le preguntó en un susurro la profesora McGonagall—. ¿A
Grimmauld Place?
—No, no —respondió Dumbledore con una amarga sonrisa en los labios—. No me marcho para
esconderme. Fudge pronto lamentará haberme echado de Hogwarts, se lo prometo.
—Profesor Dumbledore… —dijo Harry.
No sabía por dónde empezar: si por decirle cuánto sentía haber organizado elEDy haber causado tantos
problemas, o por cómo lamentaba que tuviera que marcharse para evitar que lo expulsaran a él. Pero
Dumbledore se le adelantó antes de que pudiera decirle nada.
—Escúchame bien, Harry —dijo con urgencia—. Debes estudiar Oclumancia con todo tu empeño,
¿entendido? Haz lo que te diga el profesor Snape, y practica todas las noches antes de dormir para que
puedas cerrar tu mente a esos malos sueños. Pronto entenderás por qué, pero debes prometerme… —
Dawlish empezaba a moverse. Entonces Dumbledore agarró a Harry por una muñeca—. Recuerda,
cierra tu mente… —Pero cuando los dedos del director sujetaron la muñeca de Harry, éste notó una
punzada de dolor en la cicatriz de la frente y volvió a sentir aquel terrible deseo de atacarlo, de
morderlo, de herirlo—. Pronto lo entenderás —susurró Dumbledore.
En ese momento Fawkes trazó un último círculo por el despacho y descendió sobre el director.
Dumbledore soltó a Harry, levantó una mano y asió la larga y dorada cola del fénix. Se produjo un
fogonazo y ambos desaparecieron.
—¿Dónde está? —bramó Fudge incorporándose—. ¡¿Dónde está?!
—¡No lo sé! —gritó Kingsley, y se levantó del suelo.
—¡No puede haberse desaparecido! —gritó la profesora Umbridge—. ¡Nadie puede aparecerse ni
desaparecerse dentro del recinto del colegio!
—¡La escalera! —gritó Dawlish, y se precipitó hacia la puerta; la abrió y salió por ella, seguido de
cerca por Kingsley y la profesora Umbridge.
Fudge titubeó, aunque luego se puso lentamente en pie y se quitó el polvo de la ropa. Hubo un largo y
tenso silencio.
—Bueno, Minerva —dijo el ministro con crueldad, alisándose la manga de la camisa que se le había
roto—, me temo que éste es el fin de su amigo Dumbledore.
—¿Eso cree? —replicó con desprecio la profesora McGonagall.
Fudge fingió no haberla oído y echó un vistazo al destrozado despacho. Unos cuantos retratos lo
abuchearon; uno o dos hasta le hicieron gestos groseros.
—Será mejor que lleve a esos dos a la cama —aconsejó Fudge dirigiéndose de nuevo a la profesora
McGonagall, y señaló con la cabeza a Harry y Marietta.
La profesora no respondió nada, pero los guió hacia la puerta. Cuando ésta se cerró tras ellos, Harry
oyó la voz de Phineas Nigellus, que decía:
—¿Sabe qué le digo, señor ministro? Discrepo de Dumbledore en muchos aspectos, pero no podrá
negar que tiene clase…
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